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Hasta hace cierto tiempo, en este diario se publicaba semanalmente una columna que se llamaba “Hablemos del Abuso Sexual”. Se trataba del abuso en niños, niñas y adolescentes. En un momento determinado me interesé regularmente en leer la columna, y comprendí que el abuso también se puede referir a las jóvenes que están saliendo de la adolescencia. Y no solo: comprendí además por qué ese abuso tiene consecuencias emocionales y sicológicas profundas, e incluso permanentes en una pareja de abusados.

Esta es una de esas historias, que relato con fines educativos y preventivos: no hay nombres, solo circunstancias.

Ella tenía 19 años cumplidos cuando ingresó al primer año de una universidad local después del terremoto del 72 en Managua. Uno de sus profesores era el hijo de una gran amiga de la mamá de la joven, se había graduado en leyes y en sociología, y la conocía desde niña puesto que ella era muy buena amiga de la hermana menor del profesor. Él le llevaba años de diferencia, estaba casado y tenía una bebita.

La joven cumplió sus 20 años hacia el final del curso anual con el profesor, y desde hacía un tiempo estaba en tratamiento con un médico siquiatra, quien le había prescrito un ansiolítico. Ella estaba recién casada civil con su pareja de 21 años, quien se encontraba en la última etapa de sus estudios en la misma universidad. El profesor sabía que estaba casada y conocía a su esposo, y aún así comenzó a seducir a su alumna. Le dio a leer material escrito por él en la revista de la universidad sobre la ausencia posterremoto de normas morales de comportamiento, instruyéndola además, en privado por supuesto, sobre la futilidad del matrimonio (que no debía existir), el libertinaje sexual y sobre su propia insatisfacción marital. Siguieron después una oferta de trabajo con él en una institución del Estado, y los halagos.

El profesor se hizo pasar por amigo de ella. El joven esposo no vio inconvenientes en eso por la relación de amistad familiar mencionada, y había comunicación entre los jóvenes esposos. Ella decía no que había más que amistad con su profesor, y para que no hubiese dudas al respecto, el esposo le expresó (a ella) los límites de tolerancia de esa relación.

El profesor fue efectivo en su labor de seducción y logró sus objetivos. El esposo de la joven llegó a saber el todo post facto, cuando ella le reveló la verdadera naturaleza de su relación, creyendo que todo estaba bien. Al realizar su error, tuvo un colapso emocional, y su joven esposo la acompañó donde el médico siquiatra para tratar de entender lo sucedido. Los padres de la joven también consultaron con el médico siquiatra días después, cuando ella ya había comprendido, y había intentado quitarse la vida.

No fue el médico siquiatra quien descifró el por qué de lo acontecido, y trató de justificar el comportamiento de la joven en términos ideológicos marxistas de aquella época. Fue el padre de la joven, quien la conocía mejor, que concluyó que su hija se encontraba en un estado de confusión e inestabilidad emocional, saliendo de la adolescencia.

El 7 de marzo de 2011, en la columna entonces habitual en este diario sobre el abuso sexual, se publicó un artículo cuyo título fue algo así como “La forma de operar de los abusadores sexuales”, escrito por Karla Olivares Pérez, sicóloga. Eso impactó al esposo de la abusada, puesto que siempre buscó en el tiempo una respuesta racional a lo sucedido, y comprendió. Acudió a otra profesional de la sicología para hablar del asunto, y esta confirmó el abuso, por la posición de influencia y de poder del profesor para abusar de una alumna que estaba saliendo de la adolescencia.

El abusador ahora pregona en términos absolutos y religiosos todo lo contrario de sus enseñanzas privadas como profesor en la universidad, y menciona regularmente la ética. Me pregunto cómo fue que instruyó en el tiempo a su bebita y a sus demás hijos e hijas.

Espero que esta historia sea publicada, y que alguien la encuentre de utilidad preventiva.

* Sicóloga social

Erin.Majal@yahoo.com