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Como escritor aficionado, he hecho mío el juramento de Tolstoi de “no mentir hablando ni mentir callando”. Aquí, respecto a Darío, se le ha mentido demasiado al pueblo callando. “Se puede engañar a todo el pueblo durante algún tiempo. A una parte del pueblo se le puede engañar siempre, pero no se puede engañar siempre a todo el pueblo”. Así pensaba Abraham Lincoln.

En 1782, en la primavera de sus 15 años, llega Darío a El Salvador y relata: “Gobernaba este país el doctor Rafael Zaldívar, hombre culto, hábil, tiránico para unos, bienhechor para otros, y a quien, habiendo sido mi benefactor, y no siendo yo juez de historia en este mundo, no debo sino alabanzas y agradecimientos”.

“Cuando llegué al hotel, al poco rato, me dijeron que el director de Policía deseaba verme. Se me entregaron 500 pesos plata, obsequio del Presidente. Al día siguiente por la mañana, estaba yo rodeado de improbables poetas adolescentes, escritores en ciernes y aficionados a las musas. Ejercía de nabab. El esplendor duró hasta la tarde y llegó la noche”.

Cuando en 1885 el general Francisco Menéndez derrocara al doctor Zaldívar, “benefactor” de Darío, este se pasa al lado del general golpista y oigamos lo que dice de él: “Era Francisco Menéndez, presidente (de facto) de la República, al par que militar de mérito, conocido agricultor y hombre probo”. “La verdad que yo estaba satisfecho con mi conducta. Menéndez me nombró director del diario La Unión y estaba remunerado con liberalidad”.

Tal acción de Darío es duramente criticada por el cubano Alejo Carpentier en el Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos celebrado en La Habana en 1961.

“De gente bien nacida es agradecer –dice Cervantes- los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud”.

“La ingratitud –sentencia Jonathan Swift- es un crimen capital. Aquel que paga con maldad a su bienhechor ha de ser necesariamente un enemigo común del resto de la humanidad que no le ha hecho beneficio alguno, y, por tanto, tal hombre no es a propósito para esta vida. La traición comienza en el corazón antes de manifestarse en actos descubiertos”.

El calificativo de “probo” que da Darío a Menéndez me ha motivado a consultar el diccionario, y este me da un sinnúmero de acepciones que contradicen la conducta del general: “Cabal, claro, cumplidor, decente, delicado, digno, estimable, ecuánime, honesto, intachable, honrado, recto”. Pareciera que “el Príncipe de las Letras Castellanas” no dominaba en ese entonces muy bien el castellano.

Unamuno, con la dureza que le caracterizaba, expresó: “Porque puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido del sentimiento y hasta un imbécil moral. Un escritor no puede ser tan grande teniendo defectos morales, y sobre todo muy graves”.

El pudor lo define Aristóteles como “cierto temor a sufrir un desprestigio”. Cualquier hábito del alma –dice- puede orientar su naturaleza con arreglo a aquellas cosas que pueden ennoblecerla o degradarla”.

A lo largo de sus escritos se descubre que Darío no conoció el pudor. Si el poeta fue un hombre sin moral, no deseo juzgarlo yo, este juicio se lo remito al lector, pero, todos y cada uno de nosotros debe tener conciencia de que nuestros actos son producidos por nuestra voluntad.

En la introducción a las Obras Completas de Darío editadas por Afrodisio Aguado en Madrid, España, dice el editor: “Rubén era ya entonces lo que continuó siendo toda su vida, dado a amoríos y al alcohol, impetuoso y bravucón, inconstante y pendenciero, aunque con un corazón de niño irresponsable”.

Moraleja. “Si recoges a un perro moribundo y lo haces feliz, no te morderá. Esta es la diferencia principal que hay entre un hombre y un perro”. Mark Twain.

* Escritor autodidacta

Tel. 2268-9093