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La historia podría contarse así:

“Era una mujer en España que robaba niños”.

Como en los peores cuentos de miedo, ¿verdad? Y si además resulta que no era sólo una mujer, sino decenas, y además que muchas eran monjas y que trabajaban en hospitales, la historia adquiere un tinte siniestro. Desde hace algunos meses, los medios de comunicación se han hecho eco de estas historias verdaderas que han estado ocultas durante años. Adultos, mujeres y hombres que al cabo del tiempo se dan cuenta de que fueron robados cuando nacieron, y posteriormente vendidos o entregados a unos padres que no eran los suyos.

Supimos que algo parecido había ocurrido durante los peores años de la dictadura argentina y otras del cono Sur. También durante los años de la guerra y de la dictadura franquista en España. Creíamos que esa perversidad, disfrazada de misericordia era algo propio de aquellos tiempos y de aquellos regímenes totalitarios, donde la ideología, la moral y la religión que más le interesaba al caudillo de turno se mezclaban en un plato de digestión pesada.

Sin embargo, ahora se sabe que durante los años ochenta, en tiempos de democracia (joven, pero democracia) en España, algunas religiosas siguieron realizando estos actos criminales. Y si no llega a ser porque en los pueblos pequeños nada se esconde, muchas personas no hubieran sabido de dónde proceden realmente. Pero por fortuna siempre hay alguien que dice: “su cara me es familiar”.

Algunos de estos casos, que son cientos, empiezan a llegar a los tribunales. Como suele suceder, ya se ha juzgado a priori a una de las monjas que supuestamente perpetró estos hechos. En la foto resulta una viejecita con hábito azul acompañada de otras hermanas de su comunidad. Una viejecita cuyo rostro se contrae y las cejas se juntan en un triángulo. Podría ser la de los cuentos de miedo que hablábamos al principio. Hay que esperar, porque todavía quedan por contarse muchas cosas.

Las razones que están detrás de estos robos, parecen ser las mismas que en épocas de dictaduras, con el añadido de algunos trabajadores sanitarios que lo convirtieron en un negocio. Familias que no podían tener hijos pagaban por quedarse con niños abandonados o cuyas mamás hubieran muerto. Pero ninguna de esas dos cosas eran ciertas. Y a su vez, a las mamás, les decían que sus hijos habían muerto, y hasta les enseñaban cadáveres de pequeños para que les creyeran o simplemente se los arrebataban sermoneándoles sobre la imposibilidad de que pudieran criarlos. Se han tenido que abrir algunas tumbas de bebés para extraer muestras de ADN y comprobar que eran hijos de otros padres.

Entre los testimonios que he leído, me ha llamado la atención el de una mujer que denunció el robo de su bebé por una de esas monjas. Acababa de dar a luz y al decir que era madre soltera pues el niño era fruto de la relación con un hombre casado, la religiosa se impuso con el argumento de que una mujer adúltera no podía dar una buena educación a un niño.

No creo que las religiosas que hicieron eso durante los años setenta y ochenta tuvieran apego al dinero. Creo que estaban convencidas sinceramente de que hacían lo correcto, como estaban convencidos los clérigos que en épocas de la Inquisición enviaban a quienes pensaban diferente a la hoguera para que probasen a qué sabía el infierno. Convencidas como los militares y políticos que han impuesto sus cuatro ideas de hierro a toda una sociedad, insertándolas hasta en las relaciones de padres e hijos. El extremismo ideológico y religioso no acaba nunca con las guerras, ni siquiera con el siglo en que tiene su auge. Continúa mucho tiempo después, pero de manera más silenciosa, y quizá aislada. Pero siempre están ahí, o estamos ahí, a punto de convertirnos en víctimas o en culpables. Los horrores de ese extremismo ideológico o religioso continúan mucho más cerca de nosotros de lo que pudiéramos pensar. Pueblos como los que habitan en Centroamérica no son inmunes. Tomarse al pie de la letra cualquier texto puede resultar peligroso, y aún más, cuando ese texto es la Biblia. Pero por suerte, en los pueblos no se esconde casi nada.

Y aún quedan muchas cosas por contarse.

sanchomas@gmail.com