Jorge Eduardo Arellano
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Por parte de todos los bandos del poder se enfatiza la importancia de incentivar la inversión extranjera, y ésta, pese a la incertidumbre jurídica y nuestros demás índices de riesgo país, viene. Algo lamentable es que debido al triste abismo de subdesarrollo que aprisiona a nuestro pueblo, somos especialmente atractivos para estafadores y personajes que son de poca monta en sus países.

En nuestra Costa Caribe están a plena vista los especuladores de tierras indígenas, que se valen de registros amañados y de esta lacra de sistema judicial para hacer cuanta infamia desean sin consecuencia punitiva alguna, con tesoros milenarios como los Cayos Perlas.

Supongo que no es nueva la mentalidad que oxigena tan asquerosas prácticas; los procesos coloniales sólo pueden ser criticados por la reducida elite de nicaragüenses que cuentan con buena educación. Sin embargo, el conocimiento por lo general es pusilánime e indiferente a chantajes y ataques de cobardes que con cualquier propina de hambre compran la ilegalidad.

Las artes no están fuera de esta compra-venta de almas. Aquí viene cualquier artista de hobby a pasar su crisis de media vida, robando nuestra creación. Pone a unos nicas a empacarlas, a invitar por e-mails, imprimir, llenar salas, vender… Luego, el hampón sin talento toma los aplausos y por supuesto el dinero.

El espectador de los posters, sitios web, camisetas y demás, sabe que el genio es un “chele de tal”, y “las manos” fueron de unos “indios”. Por supuesto que si no fuéramos gente acostumbrada a proteger a nuestros abusadores (dictadores, familiares y educadores) desde edad temprana y desde remotas épocas históricas, no tendríamos este problema.

Es más fácil hacerle caso a un tal “eurotrash” dueño de la prebenda, que a la conciencia y/o a un “patarrajada” auténtico como vos. Porque, mira la tele: ninguno de esos gordos ladrones de traje hubiera llegado ahí si no se desprendiese del asco y la pena de ser adulador y meretriz con ganas.

Es algo psicótico cuando alguien tiene fotos de gente humilde en casas de Carretera Sur o Carretera a Masaya (cuyos alquileres frecuentemente están en nuestro Presupuesto General de la República), en donde los pobres viven una desdicha fotogénica y el coleccionista se puede jactar de su sensibilidad social.

Vas al cine y un comercial te dice que sos Hitler si compras una película pirateada en el Huembes, porque estás quitándole el gallo pinto a Brad Pitt. Pero viene “Mr. Te Voy Hacer Estrella en Babylon”, le explicas las simbologías de nuestros ritos, la historia de nuestras artes, tus técnicas, nuestros dobles sentidos, y le presentas a tus amigos.

Además te pone a trabajar porque el idiota no sabe escribir, ni conoce photoshop, ni wordpress ni mucho menos Final Cut, y cuando encuentra a alguien más desesperado o que no tiene un pedazo del proyecto, usan nuestra maravillosa anarquía para limpiarse donde no brilla el Sol.

El primer día que conociste al mecenas buena onda que sí valora nuestro arte, él era tan humilde y lleno de halagos, no como la gente de aquí que te dicen gandul. Él sí comprende, es diferente a los que vinieron hace siglos a matar indígenas que no se querían convertir al catolicismo. Este maje es hippie, fuma mota y le gustan las orgías.

Ahora, ahí está en el Facebook haciendo de las suyas con una manada tan hambrienta que agradece al cielo la existencia de hermanos de ultramar que ayudan a nuestros artistas. Aprendió a posar como reggaetonero mientras abraza a un emo y es yunta de los rockstars.

Tenemos derechos que pasamos cediendo por mala costumbre. Los voluntariados han sido un terreno donde se ha desvirtuado la dignidad humana en Nicaragua. Nos parece que estamos en los tiempos donde nuestra conciencia, vida y futuro, eran decididos por un mandón borracho en un cuartel.

Hacer arte es un trabajo honesto como cualquier otra profesión, y las leyes nos protegen.