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Mientras diversas organizaciones conmemoran el Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, este 12 de junio, 200 millones de niños, niñas y adolecentes entre las edades de 5 y 14 años aproximadamente, se encuentran en la calle, ejerciendo trabajos que en su mayoría son peligrosos, según datos de la Organización Internacional del Trabajo, OIT. Estos viven en las zonas más pobres del planeta y se ven obligados a trabajar a cambio de pequeños “sueldos” para poder ayudar a la economía familiar; siendo privados de su niñez, su potencial, su dignidad, perjudicando su desarrollo físico y psicológico.

Hoy día existe una gran polémica entre los que defienden que el trabajo interfiere en la educación y los que opinan que la aportación de estos niños es fundamental e inevitable en la economía del hogar. De estos dos enfoques nos podemos hacer algunas preguntas:

¿Por qué tienen que ser los menores, quienes deben de asumir las responsabilidades de los padres? ¿Acaso ellos pidieron venir al mundo en situaciones deplorables? ¿Qué hacen los progenitores mientras los niños arriesgan su vida para conseguir el sustento? ¿Qué hacen las instituciones gubernamentales vinculadas a esta problemática?

En Nicaragua, este es uno de los principales problemas que enfrenta el Estado, acompañado de la pobreza. Esta es una cruda realidad que se ve reflejada en los rostros manchados de esos niños, que a diario viven múltiples circunstancias que van desde el trabajo doméstico hasta el trabajo en las minas, convirtiéndose en presas fáciles para la explotación laboral y en algunos casos explotación sexual.

El Ministerio de la Familia manifiesta que solo en la capital del país hay 14 mil menores en las calles, ya sea en abandono, deambulando en los mercados o en los semáforos. En algunas ocasiones pidiendo dinero para saciar sus necesidades y las de su familia, mientras los padres observan de lejos, acostados en una hamaca, sin importarles el peligro al que están expuestos sus hijos.

En situaciones como estas es donde la sociedad se equivoca al creer que hacen un bien al darles ayuda económica que solo sirve para solucionar el problema de manera momentánea. Lo que no se imaginan es que están contribuyendo a que los ciudadanos que serán el futuro del país, creen una dependencia que los hace perder la autoestima y sus deseos de superación, basados en una buena educación.

Si bien es cierto que hay iniciativas por parte del Gobierno para la disminución de esta problemática, no se conoce con certeza la situación actual, debido a la ausencia de informes oficiales.

Si analizamos detalladamente nos daremos cuenta que una persona, por sí sola, no puede transformar el mundo; se necesita un esfuerzo de nación coordinado por el Estado y ejecutado por la población en general.

El éxito va más allá, de cambios de mentalidad y de la iniciativa de programas sin resultados. Es llevar a la ejecución las grandes ideas mediante la planificación de los procesos y la adaptación que implica para la sociedad.

Trabajando todos por una misma causa sin perder el tiempo en lamentaciones de vivir en un país pobre, ya que son esos pensamientos mediocres los que han empobrecido a nuestra nación.

La mejor manera de celebrar esta fecha tan importante, que destaca la iniciativa que tuvo el movimiento mundial a partir de 2002 en favor de la erradicación del trabajo infantil, especialmente en las peores manifestaciones del mismo; es tomar como un verdadero reto la formación de esos niños, a través de la ejecución de planes estratégicos que no tengan soluciones superficiales sino que sean permanentes.

No se trata de dar, sino de invertir. Ya que la clave para prevenir el trabajo infantil está en la educación de calidad accesible y no en la regulación de leyes para conseguir condiciones dignas de trabajo para estos menores.

* Estudiante de Comunicación, UCC