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En los próximos días estaré cumpliendo 48 años, una edad suficiente para que Dios - eso creo- haya atendido al menos una de las tantas plegarias que le he hecho en el transcurso de la vida. Creo que ahora sí me escuchó, porque su reloj se ha detenido en mi corazón.

Una de esas plegarias, quizás de las pocas que me ha tomado en cuenta, es que quiero cambiar mi destino. No quiero ser el mismo. Quiero ser otro, el que siempre quise ser. Quiero darle un sentido a mi existencia, quiero comenzar a ser feliz, levantarme cada mañana con una energía y un amor infinito para poder transmitirlo a los demás. Quiero amar y ser amado por mi esposa, mis hijos, mis nietos, mi madre, mis hermanos, mi familia, mis verdaderos amigos. Quiero, por primera vez, sentirme satisfecho con lo que hago y estar en paz conmigo mismo.

Confieso que hasta el momento ninguna de mis plegarias había llegado al cielo, porque seguramente a la mayoría de ellas les faltaba convicción. Y lo más importante es que tal vez en la oración no se vislumbraba la tristeza de un corazón arrepentido, sino la necesidad mezquina y oportunista de resolver una situación temporal, de buscar ayuda para salir de la crisis y el conflicto. De volver a ser el mismo. Por lo demás, ¿quién soy yo para que Dios atienda mis plegarias?

Pero esta vez la plegaria fue atendida. Dios se ha compadecido de mí. Ha escuchado quizás la oración de un niño clamando misericordia en el desierto de su corazón. Y la respuesta no se hizo esperar. Una voz interior, familiar, suave, aterciopelada, universal, que nunca había querido escuchar con detenimiento, ha comenzado a demostrarme lo miserable que ha sido mi vida. Esa misma voz ha comenzado a poner en pequeños tráiler cinematográficos todo mi pasado y mis errores.

No sé lo que esa voz ha estado haciendo, pero pese a que en la mayoría de veces, mi instinto tiende a desobedecerla e ignorarla, hay algo en mí que ha comenzado a desacelerarse, a caminar en sentido inverso, a retornar a una especie de plataforma. Es como si volviera a mis orígenes, como que si alguien me condujera de la mano por la telaraña que ha sido mi vida y me ha dicho: “No vale la pena que sigas viviendo esto. Hay una vida mejor que te estás perdiendo. La felicidad se está escapando de tus manos”.

Es gracias a esa voz interior que me he detenido en el camino para reflexionar sobre el sentido de la vida. Son 48 años, una vida vivida y muchas interrogantes que ya comienzan a ser respondidas. Porque las preguntas son múltiples y los cuestionamientos sobre tu estilo no tienen justificación.

Aunque, tarde o temprano, te das cuenta que la voz ha tenido razón y que la hoja de ruta luce disparatada: veinte años, treinta años viviendo un falso éxito, una falsa sensación de bienestar. No sé cuantos años buscando la felicidad sin encontrarla. No sé cuánto tiempo queriendo ser feliz sin obtenerlo. No sé cuánto tiempo, incluso, viviendo una falsa actitud religiosa de cumplir ritos sin crecer mucho como persona.

Hasta que te das cuenta que Dios no ha olvidado tus plegarias y que en su tiempo las está respondiendo. Pero es tu soberbia la que ha creado un abismo entre vos y él. Por eso, ahora que Dios ha atendido mi plegaria, no quiero volver a abandonarlo. Quiero caminar con él de la mano. El camino es escabroso, angosto, sinuoso y lleno de muchos obstáculos. Pero hay que luchar y perseverar.

Más allá de las exigencias de la vida cotidiana, de los deslumbramientos del mundo material, del carro, de la buena casa, del dinero, de los placeres terrenales, lo más importante es la relación con esa voz que diariamente te persuade a hacer el bien, a buscar el bien, a vivir una vida digna, con rectitud y esperanza, confiados en que la felicidad está dentro de ti mismo y que afuera no hay nada, sólo la vida que Dios te da en abundancia si sigues sus caminos.

* Periodista y escritor

felixnavarrete_23@yahoo.com