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La identidad cultural de un pueblo se configura desde aquellos valores a los que concedemos prioridad. Cada uno de nosotros somos a la vez sujetos y objetos de valores.

No los creamos partiendo de cero, sino que están en las personas, en las instituciones, en las cosas y son cualidades reales aunque no físicas como pueden ser la longitud o el color. Hay valores de diversos tipos desde los religiosos y los intelectuales a los estéticos, los vitales, los de actitud y los de utilidad como el trabajo.

Con frecuencia esa diversidad de valores es sentida en la práctica cotidiana desde la perspectiva de los valores éticos, de ahí que al hablar de la crisis de valores tengamos presente preferentemente los valores éticos.

Quizás sea congruente esta referencia porque los valores éticos son aquellos que cualquier persona o cualquier pueblo puede apropiarse porque dependen de su libertad , está en manos propias apropiárselos y además debe incorporarlos si es que quieren considerarse humanos, más aún, personales.

La ética en el fondo entraña el sentido de carácter, es decir, caracteriza a una persona, grupo, comunidad. La ética es el carácter del maestro, lo caracteriza; la ética de la policía caracteriza a la policía. Es algo propio, un distintivo que llamamos carácter.

Ahora bien, aspirar a los valores e incorporarlos a la realidad cotidiana significa formarse un carácter dispuesto a hacerlo, lo que implica un aprendizaje práctico, que atraviesa la acción de la familia, de la escuela y de la sociedad en sus diversas manifestaciones.

Este aprendizaje incluye un rico proceso que vaya produciendo el gusto y satisfacción de vivir los valores y desde luego vivirlos con sentido. De hecho en cada uno de nosotros existe un sentido innato para captar los valores, una especie de estimativa que de la misma manera que tenemos sentidos para captar el color, el olor o el sabor, tenemos una capacidad – estimativa – que nos lleva a estimar los valores.

Esta capacidad no se identifica en principio, con las facultades de conocer intelectualmente que van dirigidas al mundo del ser, porque el valor pertenece a un orden distinto. Estimar no es lo mismo que entender o calcular. Es captar valores positivos o negativos y saber priorizarlos de tal manera que los valores positivos estén en el nivel más alto de nuestra vida individual y social, saber estimarlos es darles la jerarquía que merecen los valores positivos.

De ahí la contraposición de lo justo con lo injusto, de lo bello con lo feo, lo veraz con la mentira o la honestidad con la corrupción.

En nuestro país y desde luego en el proceso educativo ¿qué valores tienen gran presencia en nuestro momento y cuáles importa cultivar para generar una ciudadanía activa?. Para ello conviene distinguir entre valores reactivos que en la práctica resultan negativos y valores proactivos constructores de un verdadero sentido de ciudadanos.

A manera de ejemplo se consideran valores reactivos, el individualismo egoísta al margen del grupo o comunidad, la ética indolora, insensible, o la exigencia de derechos obviando el respecto a ellos en los demás, la trampa algo común en nuestras relaciones sociales, etc.

Por otra parte se consideran valores proactivos la libertad positiva de la participación en la vida común, la autoestima para llevar la vida adelante, la sociabilidad o convivencia activa para el bienestar de la población que produce solidaridad.

Todos ellos son valores humanos y sociales más allá de una connotación estrictamente ética en el sentido auténtico del término, en el que, a manera de gran síntesis se necesitarían activar con carácter permanente los valores de justicia, veracidad y honestidad. Sin el impacto práctico de ellos no es posible la vigencia de una verdadera ciudadanía en la que quepamos y participemos todos y para la que estamos educando a niños, niñas y adolescentes en nuestras familias y lo está haciendo con mucho interés nuestro sistema escolar.

Dentro de la sociedad actual, con frecuencia al margen de algunos valores necesarios para la convivencia ciudadana proactiva, la familia como célula de la sociedad y la escuela como interacción social son los soportes e incentivos claves de la construcción, protección y promoción de los valores que deben dominar la vida social.

15 de junio de 2012

* Ph.D. Ideuca