Jorge Eduardo Arellano
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NUEVA YORK
Este otoño, a miles de estudiantes universitarios se les enseñará un mito como si fuera una realidad. Es un mito que ha contribuido a avivar guerras y puede impedir la búsqueda de soluciones para los mayores problemas del mundo. Aunque el origen de ese mito no está claro, la ciencia ha demostrado su falsedad y un planeta mundializado lo ha vuelto anacrónico. Me refiero al Estado-nación.

El mito del Estado-nación combina dos ideas: una concreta, el Estado, y otra difusa, la nación. La utilidad del Estado es clara. Es un principio organizativo necesario que permite a los pueblos aunar sus recursos en pro del bien común y movilizarse contra amenazas comunes, ya sean inundaciones o Ejércitos invasores. Además, el Estado es el árbitro final de la ley. El poder del Estado está aumentando incluso, en parte como reacción a la mundialización y como consecuencia de la riqueza en aumento procedente de los mercados energéticos.

Pero el Estado-nación como base para el arte de gobernar, obscurece la naturaleza de las mayores amenazas para la Humanidad. La contaminación, el terrorismo, las pandemias y el cambio climático son fenómenos mundiales. No respetan la soberanía nacional, por lo que requieren la cooperación mundial.

El origen de la idea de Estado-nación no está claro. Una mayoría cree que ofreció una vía para consolidar y legitimar el gobierno estatal sobre un grupo de población, ya se caracterizara por una lengua común o por su carácter étnico. El problema es que los contornos de una comunidad cultural raras veces coinciden con una entidad política, como tampoco el ideal de unidad nacional explica la diversidad y los conflictos internos.

Las identidades dentro de las naciones son inestables e incluso pueden cambiar de un minuto para otro. Hace unos quince años, pasé un verano en el valle del Loira, en Francia. Como pueden atestiguar muchos viajeros por Francia, los habitantes de la Francia rural están convencidos de que ellos, no los parisinos, constituyen la Francia “auténtica”.

Esa división entre el centro y la periferia es común en muchos países, pero también noté que la identidad de una persona cambiaba a lo largo de una conversación. “Nosotros, los franceses” cedía el paso a “nosotros, los galos”, “nosotros, los latinos”, “nosotros, los francos” o “nosotros, los europeos”, según el tema del que se hablara. Esa siempre cambiante identidad resultaba asombrosa, pero, pensándolo bien, tenía sentido: al fin y al cabo, según la célebre afirmación de Charles de Gaulle, resulta difícil gobernar un país con 246 clases de quesos.

Con frecuencia se piensa que China está gobernada por la mayoría han, pero este grupo es lingüística, cultural e incluso genéticamente diverso. Como comentó recientemente Ian Buruma, no está claro a qué se refieren quienes hablan de “China”. Taiwan es un Estado independiente, pero oficialmente forma parte de China. La lengua y la cultura chinas se han extendido por todo el mundo. La conclusión de Buruma es la de que “China” es mucho más que un Estado-nación. El erudito taiwanés Lee Hsiao-feng ha sostenido recientemente que el concepto al que se refiere la palabra “chino” carece de sentido y fue concebido para justificar el gobierno sobre minorías.

Resulta difícil imaginar una nación que esté limitada a un sólo Estado o un Estado que contenga una sola nación. Algunos sostienen que el Japón es un ejemplo de Estado-nación. En innumerables debates acalorados he recordado a muchos japoneses que el pueblo japonés se compone de ainus, coreanos, chinos, filipinos y ryukus. Su respuesta es siempre ésta: “Sí, pero que queremos creer que existe un pueblo japonés”. Tienen incluso una disciplina de estudio dedicada a examinar lo que significa ser japonés.

Como la religión, el mito del Estado-nación requiere un acto de fe. El erudito japonés, Yoshihisa Hagiwara, sostiene que, como no se basa en una realidad factual, el mito del Estado-nación acabará disolviéndose y dando paso a la comprensión de que somos simplemente individuos que forman parte de una comunidad mundial. Lamenta que los japoneses aprecien muy en particular la idea de “japonesidad”, por lo que es posible que el Japón llegué a ser el “último héroe” de un espíritu agonizante.

En la cultura popular aparecen con frecuencia expresiones de esa idea. Un reciente anuncio de una tarjeta de crédito representa a un padre y su hijo que viajan a Noruega para rastrear los orígenes de su familia. Después de intimar apreciando la cerveza, la comida y los jerseys locales y nadando, descubren que su familia procede en realidad de Suecia.

Si yo hiciera ese viaje podría ir a Irlanda para descubrir que mis antepasados irlandeses procedían originalmente de Escocia. Pero, ¿de dónde procedían los escoceses? De allende otro mar tal vez. El mito de los origines continúa ad infinitum hasta que llegamos al antepasado común de la humanidad o un auténtico mito: un huevo negro en China, una lanza en el océano en el Japón o la combinación del fuego y el hielo en Francia.

Para que los gobernantes aborden los problemas actuales, deben tener más amplitud de miras. Una forma de comenzar puede ser la de revisar el concepto de Estado-nación, que --según se enseña a los estudiantes de todo el mundo-- es la unidad básica de las relaciones internacionales. Además de las teorías básicas realistas sobre el equilibrio de poder, se debería incluir en los programas de estudios sobre relaciones internacionales una introducción a la ética en los asuntos internacionales: filosofía moral, derechos humanos y el papel de los copartícipes no estatales.

Como mostró el filósofo Peter Singer en su libro “Un sólo mundo”, un frente unido para abordar los mayores problemas que afronta el mundo requerirá un cambio fundamental de actitud: el de abandonar la estrechez de miras provinciana en pro de una revisión del interés propio.

El interés propio ilustrado puede basarse en el Estado, pero se revisarían los intereses para que abarcaran principios universales, como, por ejemplo, la Declaración Universal de Derechos Humanos. Para que esos intereses obtengan un reconocimiento universal, necesitaremos deshacernos de una vez por todas del mito del Estado-nación.

Devin Stewart es director de Global Policy Innovations, Consejo Carnegie de Ética y Asuntos Internacionales y de policyinnovations.org. También es profesor adjunto del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos.

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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