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Primero me enteré por un taxista, después lo supe por la TV., “el córdoba está cumpliendo cien años”. Siempre me había preguntado: ¿quién sería el imbécil que puso a nuestra moneda el nombre de un delincuente que mandó a vender como esclavos a nuestros antepasados al Perú? Al fin lo supe. Fue otro delincuente llamado Adolfo Díaz.

Desde nuestra platónica independencia arrancamos mal. José Martí nos dice el por qué. Oigámosle: “Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Y la colonia continuó viviendo en la República”.

Los tales próceres, José Cecilio del Valle, Miguel Larreinaga, y otros, no eran más que chapetones hijos de chapetones que nombraron como jefe de Estado al general Gabino Gaínza que había peleado contra los independentistas en el Perú y Chile. Fue la génesis de las nefastas oligarquías que desde entonces nos han gobernado. El problema de la independencia, dirá Martí, “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”. En nuestro Sur, dice José Enrique Rodó: “Entre chapetones y criollos, se alimentaron la idea y la pasión de la patria. La muchedumbre quedó por debajo de la idea y de la pasión, aunque se la llevara a pagar en asonadas y en ejércitos, su inamortizable cuota de sangre”. Igual que en Nicaragua durante las guerras entre timbucos y calandracas, o sea, entre las oligarquías libero-conservadora.

¡Qué vergüenza! Nicaragua es el único país en donde se le erigen estatuas a la ignominia. Que yo sepa, ni en México le han levantado estatua a Hernán Cortés, ni a Pizarro en el Perú.

Cuenta el Cronista de Indias Antonio de Herrera: “Tomó Martín Estete el camino de Cabo de Gracias a Dios llevando el fierro de los esclavos que estaba en una arca de tres llaves en Granada conforme a la orden del rey para herrar a muchos esclavos, y fue haciendo desórdenes y crueldades llevando a los indios cargados y encadenados, y porque uno se cansó, por no quitarle la argolla, le quitaron la cabeza”.

Ahora sólo falta que en mi natal Granada, otro aberrado levante un monumento a Martín Estete, no sería de extrañar, “donde hubo esclavos y siervos –afirma José Ingenieros- , se plasmaron caracteres serviles”.

En Nicaragua tenemos filósofos de fama internacional, escritores galardonados con premios dolarizados, poetas e intelectuales que a diario tachonan las páginas de nuestros diarios con sus artículos, pero su pensamiento, lamentablemente, jamás lo aproan hacia el recuerdo, censura y condena de hechos históricos dolorosos que el hombre común y nuestra juventud ignoran. “Son cosas viejas, pasarán, además, eran indios que no valían un cacao”. Pero cuando un anónimo patriota al amparo nocturnal le puso una bomba a la estatua del asesino erigida en la costa del rumoroso Cocibolca, hubo reacción, indignación, y hasta casi fue calificado el hecho de sacrilegio. Desde que se levantó la susodicha estatua, gobernantes, ministerios de educación, diputados e intelectuales han callado, callan con fría indiferencia por ignorancia histórica, quiero creerlo, pero su silencio es macabro, tan macabro como los hechos citados. Pareciera todos están estigmatizados con el fierro de Martín Estete. Si yo fuera presidente, mandaría a dinamitar la estatua de Hernández de Córdoba a plena luz del día al son de tambores y clarines y metería en la cárcel al malinchista que la levantó. Si habría que aplaudirle a Pedrarias uno de sus muchos crímenes, es el haber decapitado al ídolo de los granadinos.

Lector, no diga córdoba, diga peso. El lempira hondureño, el quetzal guatemalteco y el Guaraní paraguayo, esas monedas sí que tienen olor a suelo patrio.

No hay que olvidar que fue en la archicatólica, ultra conservadora y colonial Granada en donde el filibustero Walker recibió las más efusivas muestra de adhesión de parte de la alta sociedad y de la Iglesia en la persona del padre Agustín Vigil.

12 junio de 2012

* Escritor autodidacta

Tel. 2268-9093