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Una tarde compartida con ron, vino y carne asada, y con buenos amigos y mucha pinta de holgazanería iniciamos un viaje a lo profundo del planeta. Me habían contado pero yo no lo sé. Son muchas cosas a la vez y mucha espalda para cargar con sucesos y hechos, que ahora no conviene contar ni arreglar ni arrugar y mucho menos emprender como huída.

A algún amigo o vecino le oí decir sin desperdicio, que la buena suerte existe, si tú aprovechas su zona de encanto y te las arreglas para nutrir tus delicias, sean estas cómplices del corazón o de ese pedazo de patria que se guarda en la lengua y en la curiosidad y que no siempre es producto del pensamiento o de una buena charla.

Lo cierto es que no importa de donde vengan; lo que decididamente merece nuestra atención, es que sí son verdaderas, o sólo son simples artificios que se prenden fácilmente en la rutina o en el salón abierto de la espera.

Con mensajes cifrados y los acontecimientos, uno se pone a señalar que posiblemente la vida es una ruleta finita, que se conmueve con todo tipo de certezas y espléndidas apariciones y sombras y duendes, porque de alguna manera debemos recordar que la siembra de un ángel es tan sólo una parte de algo, de nosotros o del recuerdo, que alguna vez sufrió al descender de sus destellos. O fue el silencio que se rompió las heridas y las mutiló descalzo sin ponerse a pensar que iba con la muerte, o con un lucero que lloraba en la fuente de una rosa en carne viva.

Aún así me dispongo a escuchar. ¿Quién duerme con el oasis que me arrebataron de mis manos? Uno culpa, al día siguiente, al siglo que enseña sus dientes podridos cuando de robar al misterio se refiere, y que desconcertado charla en la próxima esquina, y que se abandona para compartir con caminantes que siguen ahí envueltos entre la huella contradictoria y con el sudor que amanece empotrado en la disfunción del rocío.

Estas no son líneas imposibles del sueño, ni de la naturaleza muerta, son palabras violentas contra la intolerancia, la hipocresía, la mediocridad (mierdocridad en palabras de Beltrán Morales) y los pudores derrotados por el dinero y la apatía. Esto es de carne y hueso y duele. No quiero fugarme de nada, sólo estoy armando y desarmando un instante, un trompo que baila mal, una tarde que se le antoja fingir que no anda bien de la cabeza, y que al final de otro instante yo pierdo las llaves de un recuerdo.

Hace falta calma para soportar el abuso del silencio, para no cambiar de rostro y escabullirse de sus garras sometidas, luego hablar de la piel de un bostezo y esperar en cualquier puerta o donde sea, antes de coger un poco de sol y salir a flote de un asalto gris que no conozco.

Sabrás que no miento si te digo al oído como un ser solitario de ojos solitarios, que quisiera aprender a escribir sobre el cuerpo iluminado de un recuerdo o muchos, en la costa impertinente de una lágrima, en la manzana partida en dos mitades o en tres como un dolor antiguo y con mucha sal de amor.

Yo quisiera encontrar a la muchacha que se fue lejos para abrir una ventana más alta que el cielo. Al niño que reforesta los labios de su madre muerta. A la mujer que traiciona los poemas del hombre que cada tarde la lleva al mismo cine a compartir butaca con la melancolía.