Jorge Eduardo Arellano
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Aplicando el principio de que la verdadera biografía de un creador hay que buscarla en sus libros, presento seis aproximaciones a la producción literaria de Guillermo Rothschuh Tablada. Dos motivos me asisten. El primero, de signo solidario y laudatorio: el V simposio sobre el habla y la literatura nicaragüenses (organizado por el Departamento de Español de la UNAN-Managua), en homenaje a su trayectoria de Poeta y Profesor, en el cual participaron además Carlos Tunnermann Bernheim, su Coordinador, Noel Rivas Bravo, Roberto Aguilar Leal, Margarita López Miranda y Erwin de Castilla Urbina.

Y el segundo, sin duda más importante: que todo escritor, libre de contaminación perversa y pervertida, debe honrar siempre a los maestros y mayores en el oficio. En mi caso particular hay más: Rothschuh Tablada, desde su posición de eficiente funcionario (no comisario) de cultura, me estimuló en un momento clave como escritor. A él le debo la edición (escrita a los 19 y publicada a los 20 años), de mi primera obra: Panorama de la literatura nicaragüense (Managua, Centenario de Rubén Darío, 1966). ¡Hace más de cuatro décadas!
Dejando a un lado la anécdota, he aquí lo que considero el sexteto representativo de mi benefactor y maestro, amigo leal de varias décadas e incansable compañero de afanes y afinidades culturales. Provinciano a fondo y universalista de vocación a la vez, Rothschuh Tablada siempre ha tenido mucho que decir: fuerte, sincera, artificiosa y lapidariamente, sin perder nunca el humor. Al contrario: desde hace tres quinquenios nos contagia con el suyo. Que estas líneas le expresen nuestra cordialidad intelectual, querido poeta.

Las relaciones literarias, tan poco estudiadas en Nicaragua, tienen un ejemplo efectivo en su ensayo Withman, Darío y Neruda (1973). Leído en el homenaje de la UNAN a Neruda, se publicó con unas páginas más --significativas y complementarias-- en la segunda época de la Revista Encuentro de la UCA (septiembre-octubre 1973). No obstante su actitud panegírica, Rothschuh Tablada valora justamente las dimensiones americanas de los tres bardos (el del Norte, el del Centro y del Sur) con su tono discursivo, pero penetrante; saturado de citas oportunas y de ciertos recursos piropoéticos que revelan un vasto conocimiento nerudiano. Profundo.

Cinco pioneros y una provincia (1976) reúne otras cinco muestras de la poemática prosa de su autor, cuyo estilo vigoroso se impone una vez más, hundiéndose en sus propias raíces y llamando al pan pan y al vino vino. Así, reconoce a los gestores de su entrañable realidad chontaleña; no los políticos que han pasado, pasan y pasarán, sino a los hacedores de cultura. No al caudillo conservatucho (Emiliano Chamorro), de quien Rothschuh Tablada trazó el mejor retrato en prosa y la mayor diatriba en verso, sino al poeta que extrajo de Chontales su inicial y fresca poesía nativa. Al científico que, embebido en su naturaleza, se convirtió con el tiempo --a base de constante estudio y exploraciones-- en nuestro sabio por antonomasia. Al narrador que nos legó todo un auténtico mundo literario de la región, al médico que realizó una sustancial inversión progresista para recreo de sus coterráneos y al educador que fundó el Museo de Chontales. Me refiero al primero de los numerosos hijos intelectuales del fecundo educador, creador y político que ha sido Rothschuh Tablada.

Los ensayos --de una sólida unidad temática y estilística-- se titulan “Pablo Antonio Cuadra, pionero de una nueva sensibilidad”; “Jaime Íncer Barquero, cronista de tierra, agua y cielo”; “Carlos A. Bravo o la nueva narrativa nicaragüense”, “Germán Sandoval Jarquín y el progreso de una ciudad que va a la deriva”, más “Gregorio Aguilar Barea, semblanza de un educador”. Rothschuh Tablada puebla Chontales con sus pensamientos y trasciende la prisión que es, en cierta manera, toda provincia. Rescata los duraderos de su pasado, y los proyecta hacia el futuro.

En sus Poemas chontaleños (1960), él había llevado a las últimas consecuencias una fuente que promovió el movimiento de vanguardia: la tradición vernácula, a la que infundiría sabia nueva a través de una medular intuición terrena y de su irradiante, sensible vitalidad. Asimismo, su barroquismo conceptual, lúcido y epigramático, subió un peldaño poético en Cita con un árbol (1965), cuya trama completó con la formulación de toda una cosmogonía de la madera en Veinte elegías al cedro (1973).

Pero en su homenaje al “Monstruo Antillano de la Naturaleza”, como llamaba Beltrán Morales a José Lezama Lima, adquirió más poder verbal y desplegó su fuego mallarmeano, de los cuales conocía algunos fragmentos perdurables. Aquí un maestro del esplendor rinde tributo al gran habanero con su misma riqueza deslumbrante. En fin, recrea y retrata a Lezama Lima, autor de “Rapsodia por el mulo”, como patrón y patronos literarios.

En El Retorno del Cisne (1983), Rothschuh Tablada compila una selección de sus ensayos literarios en cuyas configuraciones no se advierte el menor grado de superficialidad ocasional, ya que una alerta intuición los asiste. Sin duda, tal elemento definitorio obedece al ejercicio magisterial del autor, a su vibrante abundancia proyectada con precisa y sólida erudición viva. Porque al poeta que vigila cada una de estas páginas sólo le interesa la vitalidad, el esplendor de lo permanente. Y así, demostrando una completa asimilación de los creadores que pondera (Withman, Neruda, Asturias, Mistral, Salomón de la Selva y Gabriel García Márquez, entre otros), reconstruye exegética y metafóricamente un mapa personal que hacemos nuestro.

A estos trabajos heterogéneos los unifica un hilo de Ariadna: la omnipresencia de Rubén Darío, es decir, del Cisne. Desde el primero hasta el último enaltece su signo, refiere su vigencia e imparte una lección definitiva: que el Poeta preside la paideia de nuestros pueblos. Que su retorno debe ser la consigna nuestra de cada día.

En Letanías a Catarrán (1985), su autor entrega lo más íntimo de su ser, lo más auténtico de su entorno vital, creando y recreando a un personaje que representa, más que a ningún otro, al pueblo del departamento de Chontales. Un prototipo y un mito que se eleva a través de una madura y elaborada prosa, suelta y sabia, de incontables registros e inquisiciones, sentencias y aciertos de carácter social, político y religioso. Un mito construido a partir de un ámbito provinciano que el poeta, el inventor, trasciende. ¿Cómo? Transformando el rito y el drama, el paisaje y la alegría de la existencia; definiendo un héroe cuasi anónimo: un modelo: el homo chontaleñus. Y sustentado en la tradición, porque “todo lo que no es tradición es plagio” --sentenciaba Eugenio D΄Ors--.

Finalmente, en Tela de cóndores (2005), Rothschuch Tablada, más francés que alemán, pese a su primer apellido, fortalece en Nicaragua una tradición moderna iniciada por Charles Baudelaire (1821-1867): la exégesis de la pintura. Más americano que español, pese a su segundo apellido, el poeta de Chontales lee y recrea, comprende e interpreta a Oswaldo Guayasamín (1919-1999), pintor andino y universal. El Maestro de letras tributa un elogio al Maestro de colores. Aquí lo celebra y sus amigos y compañeros nos alegramos y compartimos su intellecto d΄amore.

jarellano@bcn.gob.ni