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En la reunión que se realizó en Washington el lunes de la semana pasada, organizada por la Asociación de Cámaras de Comercio Americanas de América Latina, con la participación del sector privado nicaragüense, obviamente para crear un ambiente positivo a favor de la concesión de los “waivers” (dispensas), el representante del Gobierno de Nicaragua dijo algo conceptualmente impecable: que se quería que el país se moviera de un modelo de cooperación a uno de inversión.

¿Quién puede estar en contra de esa posición?

Es una posición correcta desde lo más micro a lo más macro. Qué más quisiéramos los nicaragüenses que no necesitar de ayuda externa, y que sin necesidad de ella el país creciera vigorosamente y fuésemos dejando atrás tantos y tan lacerantes déficits económicos y sociales.

Desde lo más micro, dijimos. ¿Cuántos nicaragüenses preferirían tener un empleo digno, y poder comprarse las láminas de zinc para techar decentemente sus casas, en vez de recibirlas como limosna política del gobierno? Seguramente todos los que viven en la precariedad y el desempleo. Lo mismo ocurre con quienes se ven obligados a pedir limosna en las esquinas. O los dos de cada tres nicaragüenses, que están dispuestos a emigrar según la más reciente encuesta de CID Gallup, porque no encuentran trabajo bien remunerado en Nicaragua.

Hasta lo más macro, anotamos. ¿No sería deseable producir más y exportar el doble o más, para no tener un enorme déficit comercial que se financia con remesas y cooperación externa? ¿No sería deseable ampliar la base productiva, y crecer más, y por tanto aumentar los ingresos fiscales para invertir más en educación y salud, sin tener que gravar con el Impuesto sobre la Renta a los empleados públicos y privados que menos ganan, como recientemente se anunció lo hará el inconstitucional gobierno de Ortega?

Pero el representante del gobierno de Ortega estaba confundiendo los deseos con la realidad, porque con el gobierno de Ortega el país ha pasado a ser más dependiente de la ayuda externa. Pocos días antes, el Presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick dijo que si desaparecía la ayuda venezolana, nuestro país estaría en serios aprietos.

También confunde los deseos con la realidad el representante de Ortega porque su gobierno pareciera hacer todo lo posible para que no hayan las suficientes inversiones, en monto y diversificación, para depender menos de la cooperación externa.

Hace pocos días en el periódico La Vanguardia de Barcelona venía una entrevista con Finn Kydland, noruego y Premio Nobel de Economía en el 2004. Dice Kydland lo que ya sabemos, pero que el gobierno de Ortega ignora: “es esencial que los países tengan instituciones que garanticen estabilidad a largo plazo y así los hagan predecibles”. Agrega Kydland: “para que un empresario invierta a largo plazo debe creer que ni los políticos ni los impuestos mal gestionados de ese país acabarán apropiándose de sus beneficios”. Y cuando hablamos de empresarios, debemos pensar en los grandes, medianos y pequeños, especialmente en los medianos y pequeños que son más indefensos frente a los abusos gubernamentales.

En Nicaragua ocurre todo lo contrario a lo recomendado por Kydland y el sentido común: cada vez más las instituciones son menos independientes de la voluntad del gobernante, quien, por lo demás, desprecia a quienes piensan en la importancia de las instituciones, como también le tienen sin cuidado, salvo en lo que le beneficia, los foros y reuniones que en torno a esas ideas se organizan, como la mencionada de Washington.

 

* Economista