Jorge Eduardo Arellano
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A quien nunca lo leyó, ojalá se lo encuentre algún día, y a quien lo leyó, trate de recordar aquel cuento de Borges que lleva este mismo título. Sucede en Praga, en marzo de 1939. Un hombre va a ser fusilado en el paredón de una prisión nazi en la mañana del día 29, a las 9 y dos minutos. Le acusan de tener sangre judía y de ser un agitador. Poco a poco, la hora fijada se acerca. El hombre dejó sin concluir una obra de teatro (si no recuerdo mal, titulada Los Enemigos) aunque también podría haber sido una pieza musical, una pintura, una obra con cualquier prójimo, una deuda sin pagar, o una simple carta. Se trata de que el hombre sintió la congoja no sólo por morir, sino por no poder acabar aquello con lo que completaba su ciclo, una tarea apenas esbozada y para la que la vida no le bastaba. Entonces, le pidió a Dios, en la noche de espera previa a su ejecución, un milagro: nada ni nada menos que un año más de vida, el tiempo que calculaba que tardaría en concluir la obra.

El otro día, visitando a un joven amigo y poeta de 94 años, Chepito Cuadra me decía que había intentado continuar el tema de un poema, pero que ya la cabeza no le daba. “Mi peor patología, si así se puede llamar a todo lo que arrastra la vejez, es las ganas de llorar constantemente”, me decía. La tristeza, la depresión senil, y la proximidad de la muerte le desbarataban cualquier intento de escribir, y sólo su buen humor lo mantiene aún con vida para recibir las sorpresas con que le celebran las visitas no anunciadas de sus amigos y las que le dedicaron en su aniversario a ritmo de música. El hombre de la Pájara María, abatido sobre su mecedora, al lado de su doña Julia, me trajo este cuento de Borges a la cabeza, y como no se lo pude contar, le dejo aquí escrito ese recuerdo para que sus ojos anteojudos lo puedan leer a su medida.

De lo que sí le hablé es de mi abuelo. Murió con 96 abriles allá en Andalucía, y todavía me acuerdo que me contaba cómo rezaba en su infancia en una capilla junto a su mamá para que no enviaran a su padre, que era militar, a la guerra de la Independencia de Cuba. Imagínense que viejo era. Hasta quiso participar como voluntario en la guerra civil de España, en el 36, y no se lo permitieron porque estaba mayor. Después de ser caminante de largos kilómetros campo a través, mi abuelo se fracturó una cadera dos años antes de morir, y ahí fue que empezó a despedirse, pero aún tuvo tiempo de dejar algunas cosas aclaradas, terminar algunos enredos y ver una familia ya crecida y alargándose. Él siempre decía que un hombre se muere cuando quiere.

Si mi abuelo tuviese razón, el mundo sería otro, mucho más humano. Pero la verdad es que los hechos le niegan esa razón. Pero creo que él se refería a cuando las condiciones están dadas y los accidentes mortales no se cruzan en la vida de un ser humano. Es decir, él creía que un hombre o una mujer pueden dejarse morir poco a poco.

Cuando yo estudiaba, para conseguir algún dinero extra, cuidaba a veces de un anciano, enormemente obeso, cuyas horas se limitaban a mirar la televisión en una casa oscura, y sólo me llamaba para que le rellenase un vaso de whisky, y luego ayudar a acostarlo totalmente ebrio. Tuvimos muy pocas conversaciones, pues él me despedía con un grito cuando ya no le hacía bien seguir hablando. Cuando él dormía, yo revisaba en los largos pasillos de aquella casa descomunal e insólitamente oscura los retratos, la memoria fotográfica de aquel hombre que resultó que había sido un director de uno de los bancos más importantes. Los retratos daban cuenta de sus afinidades, amigos, y relaciones con personajes distinguidos por la fama. Pero no había ni uno solo de esos cuadros en los que no estuviese siempre una mujer, que ahora la recuerda vestida de blanco o crema. Su esposa había fallecido pocos meses antes. Desde entonces, el hombre permanecía en ese estado, sin salir al aire libre, y en un lento y largo suicidio que, para su suerte, no duró más de dos años. Un día me llamaron para decirme que no hacía falta que fuese a ayudarlo. Acababa de morir, y lo había hecho completamente solo. Creo que mi abuelo se refería a un hombre como aquél.

Otra vez, me encontré a una mujer en Guatemala, que había pasado los últimos siete años de su vida joven de un prostíbulo a otro de aquel país. De costa a costa había superado varias vejaciones y había eliminado de su cuerpo el daño de las balas, que aún le recordaban la cercanía de la muerte en varias cicatrices. Según ella, un Ángel no quería que se muriese hasta poder volver a Nicaragua y poder construirle una casita a su hijo allá por el Iván Montenegro, que era donde estaba con su abuelita. “Yo sé ya que no me muero”, me aseguraba. “¿Aunque te peguen otro balazo?” “Aunque me peguen otro balazo, no me muero”, y se besaba los dedos de la señal de la cruz”.

Puede ser que uno tenga escritas en un papel invisible algunas cosas que quedan por hacer antes de morir. En el cuento de Borges, el hombre que iba a ser ejecutado quería acabar aquella obra, pero ya no le alcanzaba el tiempo de unas horas. Llegó el amanecer, y el hombre fue llamado al paredón. Le pusieron frente a un pelotón, y le apuntaron los fusiles con las bayonetas caladas. Entonces el hombre volvió a implorar en silencio a Dios por aquella obra, y el Universo físico se detuvo, al jefe del pelotón se le congeló el brazo que ya caía desde lo alto ordenando el fuego. Se quedó quieto el resto del mundo, y él, una vez superado el estupor por lo que estaba ocurriendo, se apresuró a escribir la obra. Borges la esboza por partes, incluso en sus escollos y sus partes más complicadas, lo que le llevó más tiempo resolver, aunque el tiempo estrictamente estaba detenido. No se sabe cuánto tiempo, pero quizá pasó un año hasta que el hombre pudo dar con la clave de la obra y llegar a su final. El tiempo de los mortales volvió a correr y a la hora fijada del 29 de marzo, sin que nadie supiera lo que había pasado, una lágrima cayó por la mejilla del hombre al igual que el brazo del jefe del pelotón, y lo abatió la descarga. El hombre murió como estaba previsto, pero el milagro secreto le había sido concedido. No lo sabríamos si alguien no se hubiese atrevido a contarlo, y a hacernos volver a creer que los milagros existen.

franciscosancho@hotmail.com