Jorge Eduardo Arellano
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Había prometido no volver a escribir sobre el tema, pero es inevitable. Así son las cosas. La muerte llega de pronto y no nos deja respirar. La felicidad siempre nos llega en pequeños trozos. La historia me impresionó porque se trata de una pareja de amigos que me demostraron que el amor existe, y que a pesar de que este mundo está esquizofrénico, vale la pena vivirlo.

Los conocí por una de esas afortunadas casualidades que nos depara el destino. No conozco mucho de ellos, pero algo me dice que los conozco demasiado. Presentimientos del corazón. Él, de sesenta y siete años; ella, de sesenta y cinco, si la información es veraz.

Ella, una mujer de familia y religiosa por tradición; él, un profesional competente, excelente padre de familia, según me dicen. El y ella chapados a la antigua.

Predestinados a bailar boleros en un ladrillo a la luz de una Luna hermosa que aparece sobre las montañas de Boaco. Él, un gran conversador, ella una mujer agradable, sabia en el hablar, que vino al mundo para ser feliz. Ambos unieron sus vidas hace cincuenta años. Como en toda pareja, seguramente hubo de todo. El final, casi un juego perfecto: hijos exitosos, nietos maravillosos. Una vida honesta y sin accidentes. Se aman, no me cabe la menor duda. Uno lo siente. Omitiré sus nombres por razones obvias. Lo importante es su pequeño testimonio, su amor a prueba de huracanes, tormentas, enfermedades y tsunamis.

Porque, en realidad, para que exista el amor debe de haber fe. Y gracias a esa fe caminaron juntos por estos lugares, criaron hijos, enfrentaron todas las tormentas y sobrevivieron a la línea de fuego que sortearon todos los días.

Lo que ocurrió esa tarde los marcó para siempre. Él llegó con la noticia de que tenía un cáncer, ella no bajó el rostro ni tampoco dejó que las lágrimas le empañaran sus hermosos ojos verdes. Así es la vida. Simplemente, como hacen las grandes mujeres, se sentó en el comedor y dijo: “Que se haga la voluntad de Dios. Esto lo superaremos”. Él no quiso almorzar, ella se abstrajo por un momento de la realidad cotidiana, de su lora, de sus clientes, de su hermosa casa, de la tarde que entraba calurosa, de las fotografías y los santos que tiene en la sala, como ángeles protectores. Él confesó que nunca se había sentido tan mal como esa tarde. Ella le dijo que siguiera luchando, que habría un milagro, que se sometiera al designio de Dios. Que los sentimientos superan al dolor. Él, un hombre de ciencia, pidió su almuerzo resignado. No lloró porque ya habría mucho tiempo para hacerlo. Aunque los hombres de verdad lloran. Pero estaba triste. Algo le preocupaba más que ese cáncer que se le había aferrado mortalmente como fantasma en su cuerpo. Era ella y la sola idea de abandonarla en este mundo tan hostil, y no poder volver a perderse en esos ojos verdes que lo sedujeron; le aterraba. Es, me supongo yo, una especie de muerte adelantada. Es como morirse antes de lo previsto.

En efecto, creo que cuando dos personas se aman, si una de ellas se muere, la vida para la otra no tiene ningún sentido. La única manera de vencer a la muerte es amarse con fuerzas. Es convertir los sentimientos en antídotos contra el dolor. Es superar juntos el dolor. Y sólo superando el dolor se supera a la muerte. Esto, lo que vi, definitivamente es amor a toda prueba, y el que lo ha probado, lo sabe.

Felixnavarrete_23@yahoo.com