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En esta ocasión hemos de hablar sobre el valor de la vejez y la muerte, sin dejar de reconocer el peligro de tristeza que al hombre en la vejez le puede abrigar conforme pasa el tiempo en soledad.

Un patriota y hombre de mi gran aprecio, en respuesta al ¿cómo está usted?, con voz serena y melancólica contestó: “Aquí preparándome para el final”, como si la muerte le anduviera cerca.

Si bien el ser viejo es sinónimo de limitaciones físicas, el hombre en la vejez, por la inteligencia que le acompaña, actúa siempre con madurez y serenidad, para darle más vida a sus años.

“Preparándome para el final”, afirmaba aquel hombre que había hecho historia, posiblemente por ser mayor de 65 años, que es la edad cuando comúnmente comienza la vejez.

La vida es breve, y lo común, sea por vanidad o por no estar claros de los atributos y grandezas que proporciona la vejez, el hombre no quiere envejecer, llegando a estados de angustia por la cercanía de lo desconocido.

Reflexionando sobre la vejez decía un geriatra: “A menudo hay un sentimiento de vergüenza en admitir la edad avanzada”, muy a pesar que la mayoría de edad aumenta la eficiencia y se logra tener mejor juicio y razonamiento. La visión se amplía, se tiene mayor conciencia y un mejor grado de responsabilidad, que compensa en más grande manera las deficiencias y decaimiento de ciertas capacidades fisiológicas y algunas mentales.

Bien dice Cicerón que “los longevos no hacen cosas que hacen los jóvenes, quienes además las hacen con fuerza y con rapidez, pero hacen cosas mejores y mayores por medio del consejo y la autoridad”. La autoridad se dice que es la corona que cubre la vejez, cuando esta se fundamenta o la preceden acciones en la juventud, honradas y llenas de virtud. Esa autoridad se gana haciendo de su vida un continuo actuar con prudencia y no con temeridad, que es propia de la edad florida. El buen sentido, la razón y el mejor consejo prevalecen en la vejez.

¿Es la vejez factor de estar más cerca de la muerte? ¿Debemos temerle a la muerte? Después de la muerte, ¿iremos hacia algo más desgraciado que la vida pudo darnos o seremos felices?

Decía el sabio Solón que su muerte debía de estar privada de dolor y llantos de los amigos; que no se debe deplorar una muerte a la que ha de seguir la inmortalidad. Por eso dice Cicerón: “Si las almas no fueran inmortales, los hombres no aspirarían a ser virtuosos y lograr la inmortalidad de la gloria. Por algo los sabios mueren con ánimo sereno”.

* Administrador de empresas

hugoveleza@yahoo.com