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Para cada cuerpo se definen y se delimitan a través de las construcciones simbólicas y de significados, realidades particulares, experiencias específicas y espacios de acción y decisión. Los cuerpos, desde la lógica del poder, la autoridad y la posesión de los afectos no gozan de autonomía para decidir, todo lo que experimentan desde la psique hasta la propia piel.

Hay todo un entramado de relaciones, de posiciones y de significados que deambulan desde el cuerpo, alrededor de él y que lo atraviesa en un movimiento continuo de interrelación de las corporalidades, y por ende, de las diversas identidades no estáticas que cada significante asume.

Hay cuerpos que tienen más autonomía que otros, mas ningún cuerpo posee total autonomía, ni total libertad. Los cuerpos desde el nacimiento están marcados de distintas maneras y en varios niveles desde el momento inicial de salida del cuerpo matriz. La imagen que ese nuevo cuerpo proyecta, aun cuando no tenga conciencia de esta; le adjudica una posición específica en el entramado de relaciones.

Ocupar una posición especifica conlleva a obtener, a través del cuerpo con el que se nace, una serie de valores, de poder y de libertad, que cada parte del cuerpo obtiene mediante el proceso de gestación dentro del cuerpo matriz, que justifica estas asignaciones; y al ser una razón se convierte en ley natural, en normalidad, en lo común.

Por lo tanto, al notar que quien acaba de nacer cuenta con un cuerpo portador de vagina, aun cuando esta vagina no contenga en ese momento el elixir social/cultural de poder gestar un ser dentro de su cuerpo, conlleva la promesa, pero también conlleva la imagen de la vagina cóncava, de la vagina penetrada.

Las asignaciones que son validadas impactan en la imagen que este nuevo cuerpo construye sobre sí misma, más allá de la imagen del espejo la cual contiene el ideal del Yo, lo que desea, el objeto que le obsesiona; son también los mandatos, las narrativas que otros y otras construyen y emiten sobre este nuevo cuerpo, a partir de lo que ellos y ellas han asumido como cierto desde las propias vivencias de sus corporalidades.

En el cuerpo se van trazando desde las verdades y las certidumbres que culturalmente se manejan en relación a los cuerpos, realidades que se manifiestan en la corporalidad como síntomas de esta asignación. Algunas son materiales, otras son simbólicas.

Un par de aretes para diferenciar el cuerpo de tres días de nacido de una portadora de vagina de otro cuerpo de la misma edad pero portador de pene, es una de las estrategias estandarizadas que las corporalidades, sin tener conciencia ni poder de decisión, de debate y ninguna posibilidad de autonomía en su espacio vital y con el cual conviven.

Los cuerpos cuentan con etapas significativas de sus vidas en las cuales reciben programaciones, mandatos; tampoco cuentan con muchos modelos de cuerpos que hayan ejercitado el acto de decir no, el acto de defender y decidir sobre y desde su corporalidad.

No se cuenta con un asumir el cuerpo, no como propiedad, sino como espacio de derecho, de derechos que son propios, que nadie los debe amenazar o violentar. El cuerpo no ha sido configurado desde el nacimiento como un espacio de acción política, de lucha, de demanda o de reivindicación. La noción de derecho no se ha asumido como acción urgente de iniciar en la corporalidad. La noción de libertad tampoco se ha asumido como un ejercicio que amerita ser defendido y practicado desde el cuerpo.

Los cuerpos han sido asumidos como cárceles, como dictaduras, como espacios/estados controladores, represivos y autoritarios. Se interioriza al padre agresor, a la madre chantajista y manipuladora, a los adultos que prohíben todo y a una sociedad entera con su doble moral. Los cuerpos ya no aguantan y cuando ya no quieren aguantar se rebelan. Las revoluciones muchas veces empiezan sin que aquellos y aquellas que portan los cuerpos y que malviven con ellos, se den cuenta.

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