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No hay duda que una estrategia tecnológica apropiada a las necesidades de crecimiento y diversificación productiva vendría a ser un motor que dinamice la economía, y, si ella cuenta con perfiles de desarrollo personal y colectivo, también vendría a fortalecer y enriquecer el tejido social del país.

Por ello, es prudente preguntarnos si la tecnología que se está introduciendo al país es la que pueden desarrollar y gerenciar nuestros técnicos y profesionales, en el corto y mediano plazo; o, por el contrario, una vez más estamos siendo enlazados por estrategias de dependencia tecnológica.

Entre los factores a favor de una estrategia tecnológica, están los crecientes montos de inversión directa del extranjero en los últimos años, en telecomunicaciones, energía y zonas francas; asimismo, comercio y servicios, minas e industrias. Sin embargo, ¿cuál es la estrategia de formación tecnológica de contrapartida o acompañamiento de estas inversiones que asegure al país su desarrollo y gestión por manos y pensamientos nacionales?

En el mercado laboral actualmente existe una relación de un técnico medio o medio superior por cada cinco profesionales. Una pirámide invertida, ya que deberían haber más técnicos que profesionales, puesto que los procesos productivos requieren mayores cantidades personas con habilidades tecnológicas y operacionales y cantidades menores de especialistas o directivos –a menos que estemos optando por un desplazamiento del ser humano por la tecnología, lo cual no parece ser la perspectiva-.

Esta pirámide invertida, por los egresos que el sistema educativo proyecta, no cambiará al menos en los próximos cinco años. Por ejemplo, en las universidades adscritas al CNU están matriculados solamente 4 estudiantes en carreras técnicas superiores por cada 100 que estudian una carrera de graduación profesional, y en las universidades privadas la formación técnica es casi inexistente. Asimismo, la oferta de carreras técnicas y tecnológicas medias se encuentra en descenso, con una matrícula en los últimos cinco años de más de 17 mil a menos de 7 mil estudiantes, y al Inatec se asigna un presupuesto de apenas el 0.4 por ciento del PIB.

Nuestro país, con tantas promesas de desarrollo en distintos campos, requiere que se multipliquen los técnicos medios y medios superiores para sacar adelante los procesos industriales y de servicios en el campo y la ciudad. Estos procesos demandan mayores conocimientos, habilidades, pericia y competencias tecnológicas y humanas, las cuales con solamente profesionales no se podrán atender. Algunas iniciativas significativas para elevar la oferta de carreras técnicas superiores se observan en la upoli y la UCA, ejemplo que deberían retomar el resto de universidades públicas y privadas.

¿Por qué, entonces, no considerar una delimitación de carreras profesionales con sobre-oferta respecto a la demanda laboral? ¿Por qué no considerar las altas tasas de desempleo de tantos jóvenes profesionales que requieren de adecuación de sus perfiles para responder mejor a la demanda del mercado laboral? Hay que hacer lugar tanto a la reconversión ocupacional de los desempleados, entre otros, con un crecimiento importante de las carreras tecnológicas de nivel superior, actualmente subofertadas.

Algunas estimaciones consideran que sin tener que tocar el 6 por ciento constitucional asignado a las universidades, solamente ordenando su oferta académica, y un incremento modesto del presupuesto al Inatec, en un plazo de 10 años el sistema educativo tendría una oferta técnica superior entre 40 y 50 por ciento respecto a la matrícula de las universidades.

Esto solventaría buena parte del problema. Sin que las universidades cedan parte de sus recursos a niveles educativos no superiores, se puede contar con una oferta de educación superior con un balance entre carreras técnicas superiores y las profesionales de pre y posgrado, y concentrar los esfuerzos en hacer corresponder esta oferta académica con las demandas y tendencias del desarrollo.

El sistema educativo debe hacer un giro, y jugar el rol de verdadero acompañante de las decisiones estratégicas para el desarrollo del país. Una estrategia de desarrollo tecnológico humanizada debe concertarse con los sectores productivos, tecnológicos, empresariales y el sistema educativo. Esto es urgente para no repetir las experiencias históricas de dependencia tecnológica, y abrirnos posibilidades reales a un desarrollo autónomo, con mayor participación de todos los sectores sociales y económicos.

*Educador