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La Conferencia de Desarrollo Sostenible, Río+20, realizada del 15 al 22 de junio, en Río de Janeiro, dejó como resultado la declaración “El futuro que queremos”, un documento con muchas ideas, recuento y reconocimiento de acuerdos anteriores. Y muchos compromisos. Generales. Y sin financiamiento, pero con gran énfasis en el crecimiento económico y la erradicación de la pobreza gracias a la “economía verde”.

Entre los acuerdos están: liberar al mundo del hambre y la pobreza; los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que deben estar listos para el 2014, y reemplazar a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en el 2015. Crear un nuevo indicador global de riqueza, que incluya datos sociales y ambientales; un foro mundial político de alto nivel de carácter intergubernamental y universal; y el fortalecimiento del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Pnuma.

Después de 20 años, con el desarrollo tecnológico, investigaciones, mayor conciencia ambiental y los grandes problemas actuales, se esperaba algo más concreto y con sentido de urgencia. Con plazos y metas claras.

Sin embargo, se puede sacar ventaja a esas ideas generales, y tomar el documento como “un punto de partida y no de llegada”, como dijo la Presidenta de Brasil. Como nada quedó definido, hay oportunidad para que se concretice con más participación.

A pesar de lo abstracto de las declaraciones, es un logro que reconocieran y retomaran los acuerdos de cumbres pasadas: “Renovamos nuestro compromiso en pro del desarrollo sostenible y de la promoción de un futuro económico, social y ambientalmente sostenible para nuestro planeta y para las generaciones presentes y futuras”. Y reafirman los Principios de Río y los planes de acción anteriores, “incluido, entre otros, el de las responsabilidades comunes pero diferenciadas”.

También es importante que reconocieran la necesidad de un cambio en los patrones de consumo y producción, y la promoción de modalidades sostenibles. Sin esto no será posible ni el desarrollo sostenible ni la erradicación de la pobreza, que son los principales temas que recoge el documento: “la prioridad máxima del mundo es la erradicación de la pobreza, y la segunda prioridad es un cambio de los patrones de consumo y producción”.

Y es interesante que el cambio climático los haya alarmado; en este sentido, “ponemos de relieve que la adaptación al cambio climático representa una prioridad mundial inmediata y urgente”.

En cuanto a la “economía verde”, se afirma que es uno de los instrumentos más importantes para lograr el desarrollo sostenible y que podría erradicar la pobreza. Además de tener su propio espacio, es el tema transversal y omnipresente en el documento, de forma expresa o implícita, que deja translúcida la preocupación por la crisis económica. Y es como una repetición del significado y requerimientos del desarrollo sostenible, un llover sobre mojado. Y sin embargo, también quedó verde, con mucho por madurar.

En síntesis, el documento hace un recuento de los problemas y compromisos. Entre otros temas incluye: biodiversidad, océanos y mares, deforestación, montañas, bosques, residuos, educación, igualdad entre los géneros y empoderamiento de las mujeres, capacitación, agua y saneamiento, energía, turismo sostenible, ciudades y asentamientos humanos, empleo pleno y productivo, reducción del riesgo de desastres, minería, salud y población.

En cuanto a los medios para la ejecución y el financiamiento, reafirma los señalados en el Programa 21. Y reitera que “cada país debe asumir la responsabilidad primordial de su propio desarrollo económico y social y que nunca se insistirá lo suficiente en la importancia del papel que desempeñan las políticas nacionales, los recursos internos y las estrategias de desarrollo.” Y reconoce “la necesidad de una movilización importante de recursos procedentes de diversas fuentes y el uso eficaz de los fondos a fin de apoyar firmemente a los países en desarrollo en sus esfuerzos por promover el desarrollo sostenible.”

Para los líderes participantes y para la ONU, el resultado es una serie de principios, acciones y estrategias para una transición hacia una “economía verde inclusiva”, que tenga en cuenta el combate a la pobreza y la preservación del medio ambiente. Pero sin plazos, ni metas ni compromisos concretos, ni financiamiento. Una declaración tan general, como “una visión sobre la cual podemos construir nuestros sueños” para “el futuro que queremos”.

* Educadora ambiental