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La recién concluida Cumbre de las mayores economías del planeta, el G + 20, fue como otras cumbres y también no lo fue.

Un fastuoso encuentro de líderes, grandes promesas, máxima atención mediática, fotos colectivas posadas, discusión de los principales temas económico-financieros de hoy. Eso es “business as usual”.

El toque distintivo lo pusieron las más poderosas economías emergentes que acordaron un aporte mayor al Fondo Monetario Internacional para la crisis financiera de Europa, poniendo en evidencia la cambiante correlación de influencias en la economía mundial.

Tradicionalmente, han sido Estados Unidos y Europa los que daban lecciones de macroeconomía y finanzas a los demás. En los 90 recetaban a Asia y a América Latina las amargas medidas de austeridad fiscal que hoy causan tantas protestas y malestar en Europa.

Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica conforman el grupo llamado los BRICS. Los tres primeros y México acordaron aportar $83 mil millones adicionales; China aportará $43 mil millones y los demás $10 mil millones cada uno, para las acciones de rescate de la zona euro, en particular para España y Grecia.

“Es una imagen distinta y refleja el hecho de que las economías (en desarrollo) no solo son las más grandes y de más rápido crecimiento sino que están entre las más grandes del mundo”, sostuvo Uri Dadush, experto económico de la Carnegie Endowment for International Peace. “Claramente, ni los estadounidenses ni los europeos están en posición de decirles a las economías más grandes qué hacer”.

En contraste, Estados Unidos no ofreció fondos adicionales, dada la impopularidad de la medida y la renuencia del Congreso a aprobarla, y por las presiones de la campaña presidencial.

Los BRICS tuvieron varios señalamientos críticos a Europa y pusieron condiciones a la ayuda. China manifestó que el dinero adicional para el FMI “no era de gratis” y que exigirá un mayor poder de decisión sobre las políticas del Fondo. Desde su creación hace medio siglo hasta hoy, Europa y EE. UU., se han repartido la dirección del FMI y del Banco Mundial: un europeo a la cabeza del FMI y un estadounidense al frente del BM. El mundo en desarrollo reclama más influencia sobre los procesos y decisiones de esos organismos, cuyas políticas han sido a veces tan perjudiciales para algunos países pobres.

Con más recursos y poderío económico, el poder político y diplomático de las potencias emergentes también crece. El paquete monetario anunciado por los BRICS es otro signo del progresivo declive de la influencia occidental, y de que el centro de gravedad económica se mueve hacia otra parte del globo.

Hay otro aspecto que ha sido menos comentado, y tiene que ver con un debate crucial en los estudios de relaciones internacionales.

El hecho de la activa participación en cumbres como las del G + 20 y la decisión de la República Popular China de contribuir con $43 mil millones más para el rescate europeo fondomonetarista, son ejemplos fehacientes de que China, superpotencia en ascenso, está optando por participar activamente en las estructuras e instituciones del sistema internacional porque beneficia a sus intereses.

¿Buscará China, gran potencia en ascenso, demoler el orden internacional incluso con el recurso a la guerra, u optará por incorporarse y cooperar con el orden internacional dominado por Estados Unidos siendo un jugador responsable? Esa es una de las principales interrogantes académicas de la disciplina de relaciones internacionales.

Sin adoptarla como una conclusión científicamente incuestionable, en mi opinión, el comportamiento de China durante la crisis de la eurozona y la crisis financiera mundial, parece aportar elementos para apoyar la segunda tesis.

Otra pregunta formulada por eminentes expertos como Robert Sutter, es: ¿obedece esto a una estrategia de largo plazo adoptada por el liderazgo de Pekín, o es un enfoque dictado por el pragmatismo y el análisis de costos y beneficios temporales de esa política de cooperación?

Aquí, según creo, no hay aún respuestas categóricas.

* El autor es analista, graduado del International Master´s Program in Asia-Pacific Studies, Universidad Nacional Chengchi, Taiwán