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Con una población mundial que sobrepasa los 7,000 millones de habitantes, produciendo y consumiendo; con los grandes niveles de contaminación y destrucción del medio ambiente y una pobreza y desigualdad social con niveles inimaginables, podemos decir que hoy más que hace 25 años el tema del desarrollo sostenible tiene una vigencia mayor.

Fue para 1987 que la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo presentó ante la Asamblea de las Naciones Unidas un documento titulado Nuestro futuro común, que se conoce como el Informe Brundtland, en el cual se proclamaba la necesidad de trabajar en la dirección de un “desarrollo sostenible”.

Dicho informe lo definió como “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades”

Cinco años más tarde, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Río de Janeiro, 1992) se llegó a la conclusión que las principales causas del deterioro del medio ambiente mundial son las modalidades insostenibles de producción y consumo, y diez años después, en la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible (Johannesburgo, 2002), se acordó que la erradicación de la pobreza, el cambio de los patrones no sostenibles de producción y consumo y la protección y manejo de los recursos naturales eran objetivos fundamentales del desarrollo sostenible.

Es interesante que en la definición de desarrollo sostenible confluyeron dos líneas de pensamiento: la teoría del crecimiento económico y la teoría ambientalista y ecológica. Y es que los economistas, desde los clásicos hasta los neoclásicos, habían considerado a los recursos naturales como riquezas disponibles de manera casi infinitas, para su explotación mediante la aplicación del trabajo y del capital.

De allí que el agrarismo es el fundamento del modelo económico elaborado por Adam Smith y desarrollado por Malthus. Mientras hubiera tierras que producir se resolvería el problema económico y los excesos de población cuando se producía tenía una vía de escape en la emigración y en la conquista de nuevas tierras.

David Ricardo, por su parte, escribió en sus principios de la economía política (1847) sobre las facultades imperecederas e indestructibles de la naturaleza, premisa que a todas luces era y sigue siendo falsa. Como vemos existía una visión economicista sobre el medio ambiente.

El tema de los recursos naturales no es un problema tampoco para los economistas marxistas y los neoclásicos, pues estos piensan que los recursos naturales valen el equivalente de capital y trabajo invertidos para convertirlos en bienes; el agotamiento del medio ambiente no es considerado en sus análisis.

Pero desde la presentación del Informe Brundtland hay un cambio de paradigma en las ciencias económicas; este cambio tiene su origen inmediato en la década de los 70, en las teorías llamadas del ecodesarrollo y en el informe del Club de Roma titulado Los límites del crecimiento económico. El nuevo paradigma es tomar en cuenta el tema ambiental en los modelos económicos de crecimiento, considerar la preservación de los recursos naturales y buscar cómo erradicar la pobreza.

La semana pasada se celebró la Cumbre de la Tierra Río + 20 -llamada oficialmente Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable- en Río de Janeiro, Brasil. Esta Cumbre se desarrolló en momentos en que el mundo enfrenta factores como el cambio climático y la crisis del sistema económico y financiero, y aunque para muchos no dejó compromisos ni resultados concretos, al menos colocó nuevamente en el debate internacional la utilidad y la necesidad del desarrollo sostenible y la urgencia de modelos económicos que consideren el concepto de economía verde.

* Msc. CPA, CAMS