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En dos episodios del “Juicio Universal”, del escritor florentino, Giovanni Papini (1881-1956), se refleja la vida emocional, infeliz y dolorosa de la mujer, en una cultura de discriminación y desigualdad de género como la nuestra.

Sabina, al rendir cuentas a Dios, a la hora del Juicio Final, expresa:

“Señor, si quieres condenarme no me admiraré después de lo que sufrí en la tierra. Aquí y allí estamos destinadas a padecer y sea siempre lo que Tú quieras.”

“Pero, ¿por qué si nuestra vida era tan breve, tan fugitiva, por qué no la hiciste un poco menos atormentada, un poco más serena? Sabes cuál fue mi suerte, la de una pobre mujer ignorante y paciente. Desde los miedos de la infancia a las cadenas de la juventud, a las persecuciones del amor, a los desengaños del matrimonio, a las miserias de la decadencia.

Pensamientos tristes, constantes preocupaciones: preocupaciones por los padres que envejecen, preocupaciones por el marido que yerra y se equivoca, preocupaciones por los hijos que no crecen a nuestro gusto, que enferman de cuerpo y de espíritu, que desaparecen y olvidan. Y esclava siempre de todos: de los parientes, de los prójimos, de los poderosos, de los superiores y hasta de los subordinados. Nunca un momento de paz, nunca un día de verdadero bien.”

Rarísimos, en mi larga vida, los placeres: algún sueño de la juventud, alguna velada de amor, alguna sonrisa y aliento de los hijos, alguna escapada al campo, y sobre todo, las horas de oración y de lágrimas en las iglesias oscuras, cuando robaba tiempo a los quehaceres para encomendarme a Ti, Señor, que nos enviaste, no sé porqué, a sufrir en la tierra.”

Caya Sulpicia, en el Juicio Final, expresa:

“Nací en Roma, de gente patricia, acostumbrada a poseer y, sobre todo, a mandar. Pero no fui libre nunca; jamás pude disponer de mí según mi querer, ni seguir el instinto y la norma de mi naturaleza”

“De niña estuve sujeta a las potestad del padre; de esposa, a la potestad del marido; de viuda, a la potestad del primogénito. Nada fue mío, ni siquiera mi vientre que había de dar a luz hombres para la familia y la ciudad, ni siquiera mis hijos, que obedecían la voluntad del padre y las leyes de la República.”

A la desigualdad histórica de de derechos y oportunidades, que reflejan los relatos de Sabina, y Caya Sulpicia, se suma contra la mujer, la violencia de género en todas sus manifestaciones: gritos, portazos, insultos, golpes, lesiones y hasta la muerte (feminicidio).

La agresión del hombre a la mujer, irrespeta la dignidad, el valor humano de la mujer. Es, sobre todo, un acto cobarde porque el hombre aprovecha su mayor fuerza y poder para agredir impunemente a la mujer, quien soporta resignadamente la agresión, creyendo en sentencias populares como: “quien bien te quiere te hará sufrir”; “si me pega, es porque me quiere”.

La Ley 779 contra la violencia hacía la mujer, responde a una necesidad de justicia social. Tiene como fundamento, dos principios fundamentales: el principio de igualdad y no discriminación y el principio de la dignidad humana, del respeto que merece la mujer, por su valor e importancia humana.

La Ley 779, conjuntamente con sanciones penales, contiene disposiciones generales dirigidas a transformar los modelos o patrones culturales de mujeres y hombres, como los que hemos visto, de modo que las creencias y prácticas de nuestra sociedad se apoyen en la igualdad de género y en el respeto a la dignidad de la mujer.

Transformar la cultura de discriminación y violencia hacia la mujer, no es tarea fácil, como no es tarea fácil cambiar el carácter del nicaragüense. Conjuntamente con la rigurosa aplicación de la Ley, se requiere un esfuerzo educativo intenso de concienciación en el hogar y la escuela para lograr los resultados deseados. Manos a la obra.

 * Psicólogo. Doctor Honoris Causa UNAN-Managua

naserehabed@hotmail.com