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Algunos Antecedentes
Una declaración de independencia de Ossetia del Sur al interior de la extinta URSS en septiembre de 1990 ya había sido firmemente rechazada por el gobierno de Georgia. A manera de represalia, este abolió meses después su estatuto de autonomía y declaró el estado de emergencia en la región. En enero de 1991 el conflicto armado estalló y no terminó hasta junio de 1992 cuando se firmaron los acuerdos de Sochi entre Rusia, Georgia, quien a su vez había proclamado su independencia en abril de 1991, y representantes de Ossetia del Sur. El acuerdo de Sochi estableció un cese al fuego y definió una zona de conflicto alrededor de Tskhinvali, capital de Ossetia del Sur y un corredor de seguridad a lo largo de la frontera de los territorios de Ossetia del Sur. Se creó una Comisión de Control Conjunto y unas fuerzas de paz encargadas de la desmilitarización de la región en conflicto. Las fuerzas de paz, bajo comando ruso, estuvieron integradas por soldados de Georgia, Rusia, y de la República autónoma del Norte de Ossetia de Rusia, en donde se integraron fuerzas militares de Ossetia del Sur.

El conflicto
El Ejército de Georgia, asesorado por unos 135 militares norteamericanos, cuya presencia se justifica desde el pentágono como parte de la preparación para los contingentes georgianos que sirven en Irak, lanzó una ofensiva militar contra la región separatista de Ossetia del Sur en la noche del 7 de agosto, en lo que Moscú consideró una agresión injustificada y una provocación. La respuesta rusa fue contundente. En cuestión de días el Ejército ruso controló la situación, infligió cuantiosas pérdidas al Ejército georgiano, ingresando en profundidad del territorio hasta las cercanías de la capital Tbilisi y reduciendo grandemente su capacidad ofensiva. La guerra relámpago arroja un balance provisional de unos un 700 muertos y un mil 500 heridos.

La reacción occidental
Es difícil identificar el rol preciso de los Estados Unidos en la instigación del conflicto, tal y como lo afirmó en una entrevista el primer ministro ruso, Vladimir Putin. Éste aseguró que detrás del conflicto creado estaba el intento de provocar una victoria fácil en la región, lo cual daría alguna ventaja a unos de los candidatos en competencia por la Casa Blanca, infiriéndose que se refería al candidato republicano.

Para nadie es un secreto que éste es partidario de una política más firme contra Rusia. Sea cual fuere la génesis de la provocación georgiana, hay que decir que muy pocos previeron una respuesta contundente por parte de Moscú. Una vez retiradas las tropas rusas a sus posiciones de antes de las hostilidades, las Cancillerías europeas comienzan a exteriorizar sus diversas reacciones. La Unión Europea está bajo la presidencia de Francia y está prevista una reunión en Bruselas el lunes primero de septiembre. El canciller francés ya se ha referido a eventuales sanciones contra Rusia.

Esta posición es esgrimida por Inglaterra y por los pequeños Estados de la antigua Europa Oriental que son fácilmente arrastrados a las posiciones de los grandes. Alemania no se muestra hasta ahora muy entusiasta con la idea de sanciones y Francia, con un presidente abiertamente pro estadounidense, baraja varias posibilidades sin descartar “otras medidas”. Polonia y los países bálticos son muy proclives a sanciones, pero dependen en gran medida del petróleo y gas rusos. Las amenazas intentan ser justificadas sobre la base de supuestas intenciones rusas de fomentar secesiones de poblaciones rusófonas en la región de Transnistri, Moldavia, donde hay presencia de observadores europeos desde 2006, o en Crimea.

Rusia y sus aliados
Rusia, en la voz de su delegado ante la OTAN en Bruselas, Dmitri O. Rogozin, defiende su decisión de responder a la agresión georgiana, denunciando que su país está siendo progresivamente cercado por bases militares occidentales y por países que están siendo cortejados por la OTAN o que pronto formarán parte de esa alianza militar.

Léase Georgia misma y Ucrania. En entrevista reciente, el antiguo diputado conocido por sus categóricos pronunciamientos nacionalistas, afirmó que si Europa suspendiera su cooperación con Rusia a causa de su reconocimiento a los dos nuevos Estados, Abkhazia y Ossetia del Sur, estamos preparados para aceptar tal decisión, incluyendo la finalización de las relaciones.

En Douchanbé, Tadjikistán, donde se reunió la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) el 28 de agosto, instancia que reúne a Rusia, China, Kazakhstán, Kirghistán, Ouzbekistán y Tadjikistán, Moscú recibió el apoyo de sus socios a su rol activo en la solución del conflicto con Georgia. De particular importancia fue el espaldarazo que Hu Jintao, Presidente chino, dio a su homólogo ruso, Dmitri Medvedev, apoyo nada fácil teniendo en cuenta la situación china alrededor de la cuestión del Tíbet y las veleidades independentistas de Taiwan.


Los intereses en juego
Parece demasiado obvio el nuevo planteamiento geopolítico que subyace en la respuesta rusa y la solución del conflicto. Hay quienes en Occidente apuntan al diseño de nuevas realidades políticas como resultante de los sucesos. Pero hay hechos no fácilmente rebatibles. Rusia, desde el desaparecimiento de la URSS, ha venido sufriendo humillación tras humillación. La última de las cuales fue la independencia de Kosovo, a pesar del rechazo ruso para quien Serbia es un viejo aliado, estimulada y apoyada por Occidente. Pero pocos echan una mirada a los intereses en juego.

Durante la última década, los europeos se han volcado a la tarea de construir oleoductos sobre territorios y países considerados cercanos a ellos y además seguros, y lo más importante fuera del alcance de Rusia a un costo de miles de millones de dólares. Esto ha revelado ser prácticamente una guerra de oleoductos, ya que los rusos han construido otros tantos. De especial consideración en la cuenca del mar Caspio son los llamados oleoductos Baku-Tbilisi-Ceyhan (BTC), en el que coinciden intereses de Washington y Bruselas, Baku-Supsa y Baku-Tbilisi-Erzurum que utilizan los puertos de Batumi, Poti y Kulevi, los que han recibido en diez años, junto con el oleoducto Baku-Supsa, inversiones de las compañías petroleras por unos $ 5 mil millones.

Para Europa, Georgia ofrece mejores condiciones de seguridad que Turquía y Azerbaiján. Sin embargo, la niña de los ojos de las compañías occidentales es el oleoducto BTC, que recorre a lo largo de Georgia un mil 760 kilómetros por el que circulan un millón de barriles diarios en dirección a Europa; las previsiones y otras consideraciones de un entorno de seguridad en Georgia deberán ser revisadas, ya que han sido puestas en entredicho por el conflicto.

Por ahora los vientos parecen soplar a favor de Moscú. Apoyado por sus aliados, sobretodo por China, con nuevos estrechos aliados en las dos nuevas Repúblicas de Abkhazia y Ossetia del Sur, enfrentando una posible posición europea dividida sobre la pertinencia de sanciones u otro tipo de presiones, con una afortunada situación económica por los precios del petróleo. Moscú se percibe como en la cresta de la ola de un renovado nacionalismo. No menos importante, cuenta con la aprobación de su política exterior de una amplia mayoría de su población. Una encuesta llevada a cabo la semana pasada por la empresa moscovita de encuestas, Levada, reveló que un 74 por ciento de los rusos considera que Georgia es un peón de los Estados Unidos, y sobre las causas del conflicto, un 49 por ciento responsabilizó a las políticas estadounidenses en la región, mientras que un 32 por ciento señaló a Georgia. Tan sólo un cinco por ciento responsabilizó a Rusia.