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La espeluznante práctica de arrojar ácido a la cara de una persona -en el 80% de los casos son rostros de mujeres, según la Fundación Internacional de Supervivientes de Ácido (ASTI, por sus siglas en inglés)- busca, en la mayoría de los casos castigar el “delito de la belleza”.

Es la mezcla más salvaje de celos, envidia, inseguridad y odio, porque destruye no solo el físico de la víctima sino su psique, que día a día mina con ruindad hasta vencerla.

Con frecuencia las agredidas terminan por suicidarse, agotadas de no reconocerse. Suelen ser mujeres sin recursos, que no se pueden permitir el lujo de una operación tras otra para reconstruirse el rostro. Pero incluso, las que tienen medios para recurrir a un cirujano plástico tantas veces como sea necesario, pierden el interés por superarse y la esperanza de volver a vivir con la seguridad de antes.

En los últimos años, en el sur de Asia India, Pakistán, Bangladesh y Afganistán, donde históricamente se produce la mayor parte de estas agresiones -aunque el horror del ácido se extiende cada vez a más países-, se han agravado las condenas de los atacantes, incluso hasta la pena de muerte en Bangladesh.

Pero las leyes sirven de poco si no se aplican. Las organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos afirman que lo más importante es concienciar a la sociedad de que verter ácido es algo “intolerable”, de manera que la Policía, la familia, los vecinos y todos se empeñen en llevar al verdugo ante la justicia. Este es el objetivo del documental Saving face, de la paquistaní-canadiense Sharmeen Obaid-Chinoy quien ha ganado un Oscar este año.

Sin embargo, esta tortura antes restringida al entorno familiar -los agresores son casi siempre los maridos o los cuñados-, han comenzado a utilizarla los radicales islámicos, que en un acto supremo de cobardía lanzan desde sus motocicletas ácido contra las jóvenes que no se cubren la cara “lo suficiente”. Incapaces de controlar sus instintos, esos degenerados culpan a las mujeres de su propia debilidad, forzándolas a esconderse bajo el burka para que ellos no pequen.

Anclados en tiempos feudales, con una visión obsoleta del honor y sin capacidad para superar el tránsito del campo a la ciudad, muchos hombres de esas sociedades recurren a distintas formas de violencia contra las mujeres para afianzarse. Las más bárbaras son el ácido y arrancarles la nariz para privarlas para siempre del delito de su belleza.

Las organizaciones de Derechos Humanos de Pakistán registran en ese país unos 150 casos anuales de lanzamiento de ácido, pero afirman que hay otros muchos más que no salen a la luz. De los registrados, menos de un 10% terminan ante el juez.

* El país