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La popular presentadora y entrevistadora rusa Ksenia Sobchak está en una delicada disyuntiva: ¿engrosar, a los 30 años el club de exiliados de lujo que viven de las rentas en Occidente, o quedarse en su país asumiendo las consecuencias de su enfrentamiento con el privilegiado entorno social que le ha aplaudido los espacios de televisión, a menudo vulgares, de los que ha sido protagonista?

La hija de Anatoli Sobchak, el fallecido primer alcalde de San Petersburgo, y de la senadora Ludmila Narúsova, continúa siendo una cotizada figura del espectáculo. Pero la ahijada de Vladímir Putin tiene problemas desde que en diciembre inició el camino de activista en protesta por las irregularidades electorales. Desde entonces, ha sido excluida de dos ceremonias de premios, y se le ha clausurado un programa donde anunciaba una entrevista con el abogado y líder de la nueva oposición rusa Alexéi Navalni.

Además, puede ser acusada de evasión de impuestos si el equipo que revisa sus declaraciones de Hacienda decide que no reflejan la realidad. Una suma en divisas equivalente a 1,5 millones de euros ha sido confiscada este mes en la casa que Sobchak comparte con Iliá Yashin, su novio y uno de los líderes de la oposición.

Tras recuperar el pasaporte, no excluye la posibilidad de abandonar Rusia, según dijo en una entrevista radiofónica. Entre las causas que podrían inducirla a ello, citaba un endurecimiento del régimen “al estilo de Bielorrusia” o “una guerra civil” en la que fueran enarboladas “banderas ultrasocialistas”. Sobchak dice sentirse “triste” porque Rusia evoluciona de forma “inquietante”. Antes de sumarse a los mítines de diciembre pasado, trató en vano de hablar con Putin.

Ahora afirma que no tiene ningún contacto con él. Sobchak tiene buen concepto de Putin como persona, pero no como político. “Fue el único que ayudó y se implicó en el destino de mi padre”, decía en enero, y aseguraba que el actual jefe del Estado no sería capaz de mandar los tanques contra los manifestantes. A su juicio, el problema no es Putin, sino un sistema donde cambian las figuras, pero sigue “la misma corrupción, los mismos funcionarios en las regiones, la misma burocracia”.

Sobchak es el personaje del espectáculo más citado en el Internet ruso. Se licenció en el Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú, pero no reniega de su carrera de estrella. Según contaba al semanario New Times, ese mundo le permitió encontrar su camino (con errores incluidos) y no tener que afrontar la “repugnante” perspectiva de trabajar en Gazprom o ser diputada del partido gubernamental.

La mujer etiquetada como “la Paris Hilton rusa” proyecta hoy una doble imagen, la de chica frívola de los reality shows y la de activista. Aunque se subió al escenario de los mítines pasados, no es ni una ideóloga ni una organizadora de las protestas y se ha pronunciado siempre contra el radicalismo. No acudió a la manifestación del seis de mayo y criticó los violentos enfrentamientos entre activistas y la Policía.

Aunque su imagen ha evolucionado, para muchos sigue siendo una chica caprichosa y rica, a la que le ha dado ahora por la política. A despertar la simpatía de sus compatriotas no contribuye su participación en una ceremonia satírica, el premio El chanclo de plata.

Sobchak acudió disfrazada de centauro a la virtual entrega del “antigalardón” al patriarca Kiril, la máxima autoridad de la Iglesia Ortodoxa rusa, por su supuesta capacidad para los milagros, al haber hecho “desaparecer” un lujoso reloj pulsera de su muñeca en una fotografía torpemente retocada. Un caro reloj suizo esperaba al ausente Kiril en el escenario.

“Yo lo tomaría, pero guardarlo en casa es peligroso”, dijo Sobchak, vinculando el reloj a su propia circunstancia. Su ironía tal vez sea celebrada en círculos liberales y creativos, pero sintoniza mal con el ruso de a pie.

* El país