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En la primera edición de Azul, impresa en Valparaíso en 1888, el autor del prólogo, poeta Eduardo de la Barra, dice: “Las letras, como las flores, como las frutas, como los pueblos, suelen sufrir de epidemias que las desbastan y desfiguran”. Nada más cierto. Unas son obra de la naturaleza, otras, del hombre. En Nicaragua, las letras están de baja, tenemos poetas que no son poetas, son más que todo “cazadores de fama”, y el que hayan sido galardonados con premios de fama internacional, no los hace poetas. Qué cosa es poesía nos lo dice Cervantes, Bécquer, Martí. “El poeta” –dice Aristóteles—“debe ser un buen creador de argumentos, antes que un buen compositor de versos. Los poetas que se dedican a divertir en vez de instruir, son perjudiciales”.

Nuestros poetas, por andar en la estratosfera en busca de las estrellas, se han olvidado de hechos dolorosos sucedidos en la tierra. Yo, como poeta terrícola, relataré algo arrancado de las páginas de nuestra historia de José Dolores Gámez, historia defenestrada de las aulas de nuestros colegios como lo han sido la moral, la urbanidad, la cívica y la filosofía, defenestraciones que han contribuido al retroceso moral en que nos encontramos estancados.

Escuchemos a José Dolores Gámez: “El 16 de junio de 1528, presenció en la plaza de León un solemne acto de justicia, mandado practicar por Pedrarias. Diez y ocho indios principales, acusados del asesinato de sus encomenderos, fueron ejecutados en virtud de una sentencia verbal, que los condenaba a morir despedazados por los perros. Como si se tratara de una corrida de toros, lo más escogido de la sociedad leonesa concurrió a presenciar la ejecución.

Llegada la hora se sacó a la plaza al primero de los condenados y se le dio un palo para que se defendiera de cinco o seis perros cachorros que le echaron en seguida para adiestrarlos. Cuando el desventurado indio después de una lucha desesperada tenía vencidos a los perros noveles, le soltaron dos de los más feroces y amaestrados, que lo despedazaron bárbaramente entre los aplausos de los espectadores, sucesivamente fueron ejecutados de la misma manera los demás, dejándose por varios días insepultos y en la misma plaza los sangrientos despojos, para inspirar terror a los indios sobrevivientes, hasta que el vecindario se quejó de la pestilencia y hubo que quitarlos como medida de policía”.

Dice una ordenanza jurídica, que los crímenes en contra de la humanidad no prescriben ni están sujetos a término de tiempo, pero estos crímenes de los conquistadores han pasado al olvido o tratado de ser justificados diciendo que fueron del tiempo y no de España.

Considero estas cosas, no deben ser ignoradas por nuestra juventud, son parte de nuestra dolorosa historia echada al olvido por culpa de quienes nos han gobernado en el pasado y en el presente. Esto, a mi juicio, amerita una reivindicación inmediata.

Los pueblos que no saben de dónde vienen, es posible que no sepan hacia dónde van. Quienes nos han hecho perder nuestras raíces merecen ser ejecutados aunque sea en efigie, y exhibirlos en una picota con nombre y apellido.

Me dicen que en León los sutiavas tienen ya profesionales y gente de letras, pero creo que ignoran su historia o no les interesa, es el fruto de la transculturización. A mi parecer, cada 16 de junio deberíase en León, rendírsele tributo a los 18 mártires, así como año con año se le rinde a Darío. “La crueldad” –dice Nietzsche– “es uno de los placeres más antiguos de la humanidad”.

 * Escritor autodidacta 2268-9093

16 de Junio 2012