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Henry L. Sheldon, ilustrado estadounidense de visita en Granada a finales del siglo XIX, afirmó que el “Hotel Downing” era el mejor centro recreativo de la ciudad, tanto para sus vecinos acomodados como para sus numerosos huéspedes nacionales y extranjeros. Realmente es un lugar muy confortable —dejaría escrito. El desayuno ya estaba servido en las mesas cuando se dirigió al comedor, separado por una baranda donde verdes enredaderas lo protegían de los resplandecientes rayos del sol que entraban por un patio interior. En las paredes colgaban adornos y cuadros.

Otro viajero procedente de los Estados Unidos, Frank Vincent, no fue tan optimista. Curioso, midió sus habitaciones —40x30 pies de largo y ancho respectivamente—, el tamaño de sus puertas —6 pies de ancho y 15 de alto—, más el grosor de sus paredes: tres pies. La altura del techo estaba a 30 pies de las cabezas de sus huéspedes. Seis camas cabían en cada habitación, de manera que estas semejaban una sala de hospital antes que una posada; además, al carecer de ventanas, no eran muy ventiladas y luminosas.

El “Gran Hotel de los Leones”, según anuncio de 1878, ofrecía cuartos con puertas a la calle. Hay en él periódicos de EE.UU y Europa un magnífico piano, dos billares, baños tibios y fríos, una ovípara cocina americana y acopio de los mejores vinos y licores. Su dueño respetaba hasta el Jueves Santo las abstinencias de la Semana Mayor; pero el viernes su restaurante se llenaba de gente para comer carne. Ese día se mataban en el hotel una ternera, un chompipe y un chivo, como lo informa en 1895 uno de sus comensales: Gustavo Guzmán.

Además, el establecimiento ofrecía venta de conservas y regalos empaquetados, más alquiler de carruajes y caballos. En realidad, a míster Downing se le debe la introducción del pavo a la manera estadounidense en la cocina granadina. Cada mediodía del 24 de diciembre, Downing salía en uno de sus coches —que llevaba pintado en la capota trasera un gran chompipe— a recorrer las calles; un muchacho le acompañaba tocando un gran bombo. “Esta manera de anunciar las cenas del 24 le fue siempre muy productiva a su propietario” —recordó el granadino Pío Bolaños.

Al autor de Granada: ciudad trágica, Bolaños agrega que a míster Downing la gente lo llamaba “Dóniga” y que su esposa era doña Sabina Selva Jiménez (1839-1928), quien vivía en el mismo hotel y lo atendía muy bien. El matrimonio procreó hijos varones y mujeres, estas muy cultas y de singular belleza.

Bolaños afirma también: “Este yankee, nacido en Missouri, nunca aprendió a hablar ni a pronunciar bien el español, y con frecuencia trastocaba los géneros; para él no existía el femenino. A su esposa le decía el Sabino, al apellido Chamorro lo llamaba Chamarra y por estilo a otros, cambiándoles las letras. Daba risa oírlo hablar en español, sobre todo cuando estaba en vena”. Su nieto Orlando Cuadra Downing me refirió que, estando enfermo de gravedad uno de sus hijos, míster Downing exclamaba amenazando: —Si se muere la Rodolfa, incendio el manzano. Sin duda, don Alejandro Alberto Downing Richardson —uno de mis 16 tatarabuelos— sabía del efecto humorístico de su pronunciación castellana. De hecho, era un gran aficionado a las bromas y una de ellas generó un dicho circunscrito al vecindario granadino, pero olvidado hace mucho tiempo.

El más notable banquete anual lo ofrecía míster Downing, cada 4 de julio, para celebrar el aniversario de la independencia de su patria original. Naturalmente, asistía el ministro de los Estados Unidos y la flor y nata de la sociedad granadina. En uno de ellos, transcurridos los discursos programados, decidió tomar la palabra el popularísimo Joaquín Ubau, un chispeante y dicharachero vecino que comenzó diciendo:

—Brindo por el Águila del Norte que vuela, vuela, vuela… — y, como la idea que iba a desarrollar se le fue de golpe, siguió repitiendo el verbo seis veces, sin alterarse: vuela, y vuela, y vuela, y vuela, y vuela, y vuela…

A tal altura, y cuando las risas por la indetenible voladera estaban a punto de reventar, a un chusco se le ocurrió preguntarle inesperadamente:

—¿Y hasta cuándo va a dejar de volar, Joaquín?

—¡Hasta que se le rompa el bicho! —contestó Ubau, produciendo la mayor hilaridad colectiva que tuvo lugar en el “Hotel de los Leones”.

* Escritor. Hijo predilecto de Granada.

cap99ni@yahoo.com