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…Paraguay, porque se quedarán los de siempre. Lo siento por ti, Paraguay, porque nunca dejaste de ser olvidada, porque ganaron esos, los de siempre. Sus apellidos, repetidos a lo largo de la historia, como candados que encierran fortunas, y sangre, mucha sangre, y mucha oscuridad. Y generaciones de generaciones que nacen y mueren creyendo en derechos divinos de propiedad sobre la tierra.

Lo siento, porque no es posible que la tierra la tengan tan pocos. Porque fuiste un lugar de sueños, porque diezmaron a tus hombres infinitas guerras contra tus vecinas gigantes (el país donde el número de mujeres dobla al de los hombres). Porque fuiste ensayo y experimento del Plan Cóndor. Lo siento porque eres chico, y porque si algo tienes es tierra llana, abierta y codiciada.

Lo siento porque cualquier intento de justicia social necesita de tantos acuerdos, de tantas negociaciones con el pasado, que se vuelve cansino y torturador dar un pasito adelante. Lo siento, pero queda mucho camino por andarse. Hay males que duran y duran, pero todo acaba, aunque ahora ya no sirva de consuelo. Los Jesuitas soñaron en ti la tierra sin males, y se equivocaron.

En los años 60 unos cuantos escritores, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos, etc., comenzaron a idear una ficción sobre dictadores latinoamericanos de verdad. Algunos escribieron obras magníficas, como el Yo, el supremo, del paraguayo Roa Bastos. En ella no sólo retrató a ese dictador decimonónico, sino también a Stroessner, uno más moderno y antiguo que ampararon los apellidos de siempre y gran amigo de Somoza. Qué paradoja que Paraguay fuese la tumba del dictador nicaragüense, y sin embargo Stroessner muriese en el Brasil de su exilio dorado.

Estás ahí, en medio de todo y de nada. Otra vez, en ese principio constante al que la historia te lleva. Creo, humildemente, que se equivoca quien piense que sólo se trata de la marcha de un presidente por vía legal; o incluso quienes piensan que es un golpe de Estado encubierto perpetrado por una oposición que encontró un aliado en la interpretación de las leyes.

Creo, incluso, que puede equivocarse quien vio en Lugo un líder de los pobres. Quizá le faltó carisma, empuje, y sobre todo apoyo. Pero nada de eso importa. Ni siquiera que Lugo fuese obispo, ni padre de varios hijos declarados y no declarados. No importa si jugó a ser una vez del ALBA y otra de los que no.

Creo que Lugo sólo fue una puerta, pequeñita como las esperanzas de los desamparados, pero una puerta hacia otro tiempo. De pronto, vino el empujón y la cerró de golpe. Pregunta: ¿A quién pertenece la inmensa mayoría de la tierra en Paraguay? La respuesta búsquenla en el siglo XIX. No ha cambiado mucho.

Roa Bastos también murió, pero sigue escribiendo. Se sigue contando la historia anónima del Paraguay como la de ese héroe que poco a poco iba empujando un vagón de tren de una guerra olvidada. Como la de ese viejo, todo “hueso y piel, doblado hacia la tierra, que solía vagar por el pueblo en las tardes calcinadas por el viento norte”. Hijos de hombres que habitaron una tierra llamada a luchar siempre, casi hasta el último suspiro.

Lo siento por ti, Paraguay, porque no te conocemos lo bastante. O quizá te conocemos demasiado porque eres ese espejo de todo el continente. Eras Nicaragua, eras Venezuela, eres Honduras, de nuevo.

Es curioso, muchos de los que defendían a Lugo, eran los mismos que lo criticaban, pero ninguno quería que se fuera, porque detrás de él, sabían que vendrían los de siempre.

Los demás presidentes alzan la voz y dicen que no reconocen a las nuevas autoridades paraguayas. ¿Cuánto durará ahora su desconocimiento? Las elecciones del próximo año a la vuelta de la esquina. Al presidente Lobo de Honduras nadie quiso reconocerlo, al principio. Después, en Managua y en otras ciudades, se le recibió con los brazos abiertos. Cuánto durará esta pantomima con el nuevo presidente, Franco. ¡Ay!, esos apellidos de dictadores de siempre.

Hay gente en plena Asunción, hablando a micrófono abierto. Hay gente que aún espera que lo que está ocurriendo no sea más que una ficción, como las de Roa Bastos. Hay gente que espera, porque la mayor virtud del Paraguay es su larga paciencia, su capacidad de espera. Lo siento por ti, pero también esperamos contigo. No te servirá de consuelo ni una más de las palabras. Pero nos tiene a todos en ti. Toda América Latina en tus entrañas.

* Escritor

sanchomas@gmail.com