•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

A pesar de la existencia de dos mercados competentes, el San Miguel y el Central, las amas de casa de la Managua del siglo pasado, en gran medida satisfacían sus necesidades hogareñas “mercando” en el comercio ambulante que ofrecían los pregones que pasaban por las calles.

Estos pregoneros eran en su gran mayoría mujeres de extracción campesina que canasta en testa ofrecían de todo: verduras, frutas, pan, flores, pinol, pinolillo, pozol, cosa de horno, queso, tortillas, quesillos, pan francés, nacatamales, frito, pan dulce, chancho con yuca, baho, perfumes, ollas, comales y… Pare de contar.

“Marchantita” era la palabra dulce que usaba la vivandera ambulante para entablar una relación amistosa entre vendedora y compradora. “Fíjese doña Flor que llevo unos panecillos que son de puro chocolate. Tiene que comprarme, no se pierda esta delicia”. “A ver pues –decía muy regalada la “Marchantita”-, déjame probar… Hum… Hum… Están buenos, pero… ¿Me vas a dar el ipegüe?” “¡Pues sí para eso estamos! ¿Cuántos panecillos le doy?”

Hubo pregoneras famosas por sus ocurrencias. La Luz Ciega y la Catarina, allá por 1930, ofrecían el pan versificando. De ellas quedó la frase “El pan caliente para las viejas sin dientes”. Melisandro, que también vendía pan, complacía a la “Marchantita” declamando versos de su gran repertorio dariano.

Quién no recuerda a “Siempre se afila”, un no vidente que recorría las calles con su carretilla equipada con un mollejón de afilar. O bien, las melifluas ofertas de perfume “Pachuli” de La Cocoroca, o las ocurrencias de “Memo cobarde” ofreciendo entre las prendas de mujer que vendía, los “mantelitos para tapar pan”, que así llamaba a la más íntima de las prendas femeninas.

Eran pregoneros alegres, respetuosos, vivaces, capaces de socarse varias horas a platicar con la Patroncita. La ciudad era tan mínima que las marchantas se conocían no solo de nombre y apellido sino en materia de chismes, rumores y cosas de la intimidad.

Hoy, me parece que las pregoneras y los pregoneros han variado un tanto la tradición. Los que pasan por mi lugar en su mayoría son personas que están a las puertas o ya adentro de la tercera edad, cansados y tristes, como doña Carmela que con su pana de quesos y cojeando del pie izquierdo, como letanía dolorosa viene desde lejos clamando con palabras lánguidas… “Laaaass cuaaaajadas… Laaaass cuaaaajadas. Otro de triste figura y clamor de lamento es don Oscar el zapatero. Ya se come las palabras de tanto decirlas: Su oferta “¿Va a reparan zapatos?” ahora se escucha así: “Varrepartatos… Varreparpato”.

También pasa a eso de las nueve de la mañana el anciano Bom. Hala un carretón de mano con sacos de carbón. Ya no anuncia “el carbón”, sino, con un eco lejano sólo pronuncia el apocope: “Bom”… “Bom”, que se pierde cuando dobla por la esquina.

Otro, parco de letras y palabras, es don Pablo Mercado, avecindado en La Concha. Su cuerpo se vuelve un arco empujando el carretón repleto de verduras. Es agrio su pregón y por verduras vende… “Druras”… “Druras”… “Druras”.

Pasaba y de pronto dejó de pasar don Juan “Maneco” Mendoza con su caja de lustrar; cada lustrada era una historia que contar. Fue lanzador de siete curvas en un equipo de beis de segunda fuerza, “El Gadala”. Ahora a duras penas carga su caja de madera. Un día de tantos no volvió. La última vez le vi en el Mercado Lewittes casi viviendo de la caridad pública.

Por las tardes desfila la abuelita Conchita con su nieto vendiendo tamales pisques y elotes cocidos. El “ñetecito” es el pregonero. “A veces no paso porque las canillas se me traban, otras porque no hay maíz”, dice a grande gritos porque siendo un poco sorda cree que yo no oigo.

La modernidad hizo de los nuevos pregoneros gente de bocina y de rápido tránsito. El impacto auditivo mañanero del parlante de los “chatarreros” le pone fin al más tranquilo de los sueños. Esta mañana estaba feliz en mi mundo onírico, viendo a una sirena divina que salía del mar. Me traía un corazón hecho de perlas y corales púrpura. ¿Qué pretenderá esta ninfa?, me preguntaba yo. Ella se acercó a mi oído para susurrarme algo que no escuché, pues el encanto se quebró en mil pedazos con el ruidaje que hacían los chatarreros “pregoneros”.

* Catedrático de periodismo