Jorge Eduardo Arellano
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“Gracias a la vida... que me ha dado tanto”... Así reza un estribillo de una de las tantas canciones que entona Mercedes Sosa. Realmente una de las cosas que más le agradezco a mis abuelos, es habernos permitido crecer en su cercanía, es decir, a apenas 500 metros de sur a norte en línea recta del Alma Mater de León.

La influencia de la vida universitaria, el magnetismo poderoso de las gradas del Recinto Universitario “Ruiz Ayestas”, sus estudiantes sentados a la entrada de dicho edificio, con aires de intelectualidad, de sapiencia, de rebeldía, olor a ciencias; siempre me inspiró respeto y envidia y soñaba crecer rápido para hacer competencia, pero la biología se toma su tiempo.

Aún así y no siendo universitario, fui testigo de ese mar convulsivo de ideas y de un espíritu rebelde que lo contagiaba todo. Eran los años 1977 y 1978. Años en que los universitarios habían asumido la vanguardia para exigirle justicia a la dictadura somocista, y fue precisamente en el Recinto Universitario “Ruiz Ayestas” donde presencié más de un debate político-ideológico. Allí se discutía, se hablaba, se debatía; él que deseaba exponía. Unos eran ovacionados, otros no, pero se debatía. Ese recinto repleto, bancas llenas, las bases llenas; allí se respiraba libertad de pensamiento y de ideas.

Contagiante todo aquello. Después de un buen baño de ejercicio político, ese mar de estudiantes salía a las calles a reclamar sus derechos y los de la sociedad, que eran pisoteados por la familia Somoza y su Guardia pretoriana, para luego regresar y atrincherarse en ese coloso de sabiduría.

La Guardia siempre le tuvo miedo a esa calle, por eso acostumbraban apostar pelotones en ambas esquinas, desde las cuales contaminaban el ambiente con bombas lacrimógenas. En una de tantas, el teniente de la GN, Tórrez (q.e.p.d), lanzó tantas bombas en dirección a dicho recinto, que dicha calle se puso nublada. No impidió, sin embargo, que los estudiantes continuaran su protesta. No los doblegó, y uno de los que estaba al frente de dichas protestas es el actual viceministro de Gobernación, Carlos Nájar.

Las puertas de dicho local nunca se cerraron, siempre dieron protección al perseguido, nunca se cerraron a las ideas, nunca se cerraron para el debate.

Las primeras batallas que perdió Somoza no fueron en el plano militar, porque en honor a la verdad ganó muchas en el campo de la acción, tal vez pírricas.

La primera batalla que perdió Somoza fue en un campo del tamaño de un melón dulce; fue en el campo de las ideas, y las ideas se encargaron del resto. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y nos liberó. A las ideas no se le deben cerrar las puertas, al debate no hay que temerle. A la batalla de ideas no hay que asistir con baldes de lodo, porque ése es el inicio de la barbarie y los primeros síntomas de la decadencia y de la DERROTA ESPIRITUAL. La primera derrota que sufrió Somoza fue en el plano de las ideas.

Fidel Castro recuerda a menudo una anécdota: siendo capturado por un pelotón del Ejército batistiano al mando de un capitán, después del asalto al cuartel Moncada. Ese pelotón sediento de fusilarlo fue contenido por el capitán que repitiendo sin cesar y sin cansancio, como orando, a veces entre murmullos, a veces en voz alta: “Las ideas no se matan”.

Las ideas no solo no se matan, tampoco se maltratan, tampoco se ultrajan. Sólo aquellas sociedades cuyos miembros aprenden la tolerancia y el respeto de los que piensan de otra manera, pueden sentar las bases de un sólido desarrollo democrático. Lo contrario es contribuir a crear los cimientos de una pirámide, sobre la cual se va a sentar un bárbaro que va a terminar pisoteándonos a todos.