•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Cada año Nicaragua celebra el Día del Maestro y la maestra, visibilizándose pocas expresiones de cariño públicas y privadas. La profesión docente se debate entre la incomprensión y el desaprovechamiento de sus potencialidades, la esperanza y la desesperanza.

Las reformas educativas no logran prestarle la atención debida, mientras las demandas sociales desbordan sus posibilidades, y la globalización y era del conocimiento aún no ingresan a la profesión.

La complejidad de tales demandas dificulta que el magisterio responda a ellas en la medida requerida. Los nuevos sentidos, significados y códigos de la modernidad científica y tecnológica, contrastan con visiones y prácticas docentes sumamente restringidas. Mientras tanto, la clase política alimenta un imaginario colectivo que se debate entre un discurso reconocedor y la manipulación política.

El magisterio, empleado público del Estado se mueve en contrasentidos: se siente obligado a responder a sus requerimientos, mientras las ciencias pedagógicas le piden autonomía, punto de inflexión para la innovación y creatividad en el aula. La profesión se moviliza en un escenario de paradojas, difíciles de superar, que tensionan su quehacer. De un lado, las instituciones ven al magisterio como actor de enorme influencia en el desarrollo del país, pero la práctica se mueve en sentidos contrapuestos, en tanto la preparación que se le proporciona, los medios y recursos que requiere para su desempeño familiar y laboral de calidad son sumamente precarios. Ello influye para que el ingreso a la profesión docente continúe motivado por la ocasión y no por la vocación y pasión por la educación.

En suma, la idealización de la profesión del discurso público ha gestado dos imaginarios paralelos: el mundo ideal del apóstol, y el mundo real de carencias y pobreza.

Los reclamos sociales culpa de la problemática educativa al magisterio con exigencias desbordantes, a la par de una mayor desresponsabilización de la familia y sus instituciones en la educación del país. Esta revictimización de la profesión no contribuye a mejorar su calidad, sino a empeorarla.

La historia educativa aún no ha logrado superar un paradigma eficientista que enfatiza una formación docente replicadora de técnicas efectivas, invisibilizando la relevancia de la persona del maestro desde una perspectiva humanista, aportando al desarrollo de una reflexión crítica de su práctica. Tal perspectiva tradicional, superada en el plano teórico por la comunidad científico-pedagógica, se resiste a desaparecer en el país, centrando su interés más en un maestro dócil aplicador de técnicas pedagógicas, en detrimento del desarrollo de dinamizadores estratégicos, competencias superiores que debe poseer para transformar sistemáticamente sus concepciones y prácticas ejercitando la reflexión crítica transformadora.

Frente a este escenario, aún con los esfuerzos que las instituciones del país realizan en el marco de su responsabilidad social por la educación, cabe superar cierta dosis de ingenuidad, siempre que el país quiera apostar sinceramente a superar la equidad, pertinencia, eficiencia y calidad de la educación. Tal logro pasa, necesariamente, por la mediación del magisterio como actor clave.

De ahí la urgencia de definir una agenda educativa de consenso, en que se logren capitalizar viejas y actuales esperanzas del magisterio. La educación como derecho, pasa necesariamente porque el magisterio recupere aquellos derechos y esperanzas que le han sido negados.

La profesión docente demanda ser tratada con el respeto que se merece, y no como profesión de tercera clase. Por el contrario, si alguna profesión debiera honrarse por su profundo significado y aporte, es esta. Por ello señalamos algunas rutas que pretenden abrir los caminos del cambio.

Como país necesitamos concretar una educación de calidad, pero ésta, para desplegarse, requiere ser transversalizada por la calidad de vida del magisterio, calidad del apoyo que recibe para ejercer su desempeño, calidad en el reconocimiento justo de su profesión, calidad en su formación, y calidad en el trato institucional y social. Es imprescindible fortalecer la formación docente en todas sus dimensiones, incorporando en ella nuevas sensibilidades científicas, pedagógicas y dinamizadores estratégicos para el cambio permanente de su práctica.

La deuda histórica del país con el magisterio aún no está saldada. Resolverla es la única salida para sentar una plataforma efectiva de auténticos procesos de calidad en la educación, precursora y forjadora de la superación de la pobreza y el logro del desarrollo del país.

 

* Ph. D. Educador e Investigador Ideuca