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Es todo tan chico. Se trata de un insecto de unos pocos centímetros. Vive en casas pequeñas, pobres de nada, con pisos de tierras, y paredes de adobe, algo de madera ennegrecida por el humo de la leña por el que se calientan tortillas, planas, redondas, como lo único que llena todo, como esta pobreza que siempre estuvo ahí, desde hace generaciones, no sé, desde cuando Sandino cabalgó esas montañas, desde cuando su mamá, sus abuelos, desde mucho antes, pues.

Ya saben cómo es eso. El caer de la tarde a la puerta de esas casas que están ahí no más como en otro mundo. De cómo las mujeres se sientan a mirar con los niños. Y miran allá y apenas hablan. Otras no se sientan, siempre haciendo algo, con un ritmo que no parece importante, pero que lo es. Lo demás es viento, el rumor del monte que crece, la madera que cruje, el llanto de un niño que se confunde con un vagido, las crías del ganado, todo lo que aún no es palabra. Ya saben. Allí también está el Chagas. Esa enfermedad tan silenciosa como este ambiente donde no hay casi nada, y lo que hay desaparece o se come, o se vende, o se pierde. Y los mata. Ya saben. Entierro de campo. Un ataúd así de chico. Alguien murmura que estaba enfermo de Chagas. Ya está. O a veces es mucho más lento. Una enfermedad que dura tanto, se puede parecer un poco a algunas vidas. También uno se muere de vida, ¿no?

El insecto del Chagas se mete entre las grietas de adobe y la madera. Y suele picar de noche, especialmente a los niños. Aunque también afecta a los adultos, cuando no a los animales. Deposita sus heces en la piel de los seres vivos y les transmite el parásito trypanosoma cruzi. Y empieza la cuenta atrás. Pero ocurre así, en silencio, como casi todo en las comunidades de Matagalpa, Madriz, Nueva Segovia, y tantos otros lugares igualitos de América Latina.

La OMS estima que hay entre 8 y 10 millones de afectados por la enfermedad y que cada año mueren más de 12,000 personas.

Hace poco conocí a Kota, un joven especialista en Salud Pública que trabaja para JICA, la agencia de cooperación japonesa. Reside en Estelí. Fanático de las rosquillas y de la música tradicional nicaragüense. Ha grabado un disco con canciones de Camilo Zapata y los Mejía Godoy. Él mismo las toca y canta. También compone para niños en escuelas, con el fin de informar sobre cómo prevenir la enfermedad del Chagas con canciones pegadizas a ritmo de son nica. ¿Hay algo que se parezca tanto al amor a una tierra? Está empeñado en que se sepa más de la enfermedad, porque en realidad no es sólo la enfermedad, ni los chinches, sino quienes la padecen lo que importa. Ya saben, los del silencio al caer la tarde… Pero dejémonos de poesía. Es sólo silencio, algo parecido al olvido.

Todo es chico. El insecto, la enfermedad y la investigación y el desarrollo de nuevos medicamentos. Prácticamente nada. A la industria farmacéutica no le importa. Las personas que padecen y mueren de Chagas, simplemente no importan. Porque hay que ir a buscarlos. Ya saben. Ahí, en las montañas. Muchas veces diseminados en varias comunidades. Los pacientes de Chagas no pueden pagar sus medicamentos. Y los gobiernos… Bueno, en ocasiones, los ministerios de Salud de América Latina no suelen hacer previsiones razonables de medicamentos, porque muchos sólo sospechan donde están los pacientes, pero no saben ni cuántos son ni quiénes son. Quizá si la enfermedad fuera más visible correría otra suerte. Quizá si hubiera una organización de pacientes que hiciese presión. Pero la enfermedad se oculta así, como el asesino de un crimen perfecto. No muestra su identidad. Y hay que ir a meterse montaña adentro, fumigar las casas y dar tratamiento. Montaña adentro, como hace Kota, el cooperante japonés, que además lleva en la alforja la música de Camilo Zapata, la música que alimenta la enorme paciencia necesaria para luchas que duran más de 100 años, los mismos que tiene el descubrimiento de la enfermedad.

Todo es chico. El chinche, las casas, los campos, los ataúdes, la investigación y los medicamentos. Quizá también la historia sea chica, pero merece contarse a como es: una muy grande.

sanchomas@gmail.com