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Mientras espero respuesta, permítanme contarles mi caso:

Me retiré de la Policía Nacional con derecho, por edad, a mi jubilación, hace 13 meses, amparado en la Ley 228 y un Decreto Presidencial. La policía es una institución que llevo y llevaré dentro hasta el último día de mi vida. Hay más de un centenar de compañeros que de una u otra forma han hecho lo mismo, y hoy se encuentran esperando una liquidación que debió estar en nuestras manos a más tardar un mes después del retiro, una liquidación de cinco meses de salario.

Ser policía honesto es muy duro, te comés todo lo que ganas y no tenés oportunidades de crecer ni vos ni tu familia. Me entregué a brindar servicio a la ciudadanía, a trabajar atentando contra mi salud y mi familia (no es gracioso decir: “Aprovecho para ver a mi familia cada 15 días”). Salí con la frente en alto, el cabello blanco y por la puerta grande, como se lo aseguré a mi madre (QEPD). Pero también salí con una mano adelante y otra  detrás, no con mansiones ni fincas ni carros, y de premio por mis 25 años de servicio de ser un Comisionado, ni siquiera un cartón de reconocimiento. Sólo conservo los dos Soles de mi grado de comisionado, lo único permitido que puedo conservar. Ahora tengo todo este tiempo de esperar mi liquidación y que cada día se devalúa más. No tengo donde recurrir, porque me mandan a esperar lo que diga el Ministerio de Hacienda, pero me gusta escribir, y si me publican esto, al menos servirá de algo.

Parte de nuestra vida está marcada por la experiencia vivida, una vida de servicio de la que encuentro espacio para adentrarme en el mundo del pensamiento y el tiempo, de lo único que somos dueños.

He viajado hasta un pasado que ahora se puede repetir y que solo los seres humanos somos capaces de cambiar, si estamos dispuestos. Allí encontré el título a este artículo, tomado de un gran escritor al que todos admiramos, Gabriel García Márquez. Recuerdo ese pequeño pero muy querido libro El Coronel no tiene quien le escriba, símbolo del olvido y la esperanza. Y también de la nostalgia y el desamparo, del orgullo y la amargura, del pesar y el odio, de lo sublime y lo ridículo, en donde nada es absoluto, ni opuesto, ni adversario, en donde el único sentido es el de la propia responsabilidad y disciplina de seguir erguido frente al sol de manera lúcida y con el temple de acero.

En aquel sofocante clima de decepción y de hambre, en que se forman los recuerdos más apasionados, se siente el paso del tiempo, la incertidumbre, la falsa equidad, la fría esperanza. Entonces la realidad parece ilógica, el “cómo es posible”, se vuelve cotidiano y no encuentras sentido en lo que es claro y diáfano. Hay muchos que tratamos de movernos en medio de la ingratitud humana con estatura moral, la misma que forjó mi abuelo en mi madre y mi padre. He visto en las calles el rostro del desamparo y la discriminación, también el de la arrogancia, del oportunismo y la corrupción, el de la mediocridad mental que no es por falta de conocimientos, sino por un sentimiento y una actitud reptil.

El amor al prójimo es un sentimiento de pasión y no de lastima, de aprecio y no de obligación, de reconocimiento natural y no de dogmas espirituales.

Entonces, cómo es posible que a algunos les dejen morirse de hambre en las calles mientras te llegan los devaluados centavos de tu historia, la de muchos que aún esperan con resignación el resultado de abandonar a su familia, de negarte una vida propia. La única esperanza es volver a levantarte con tu propio esfuerzo y recuperar todo lo perdido para compartir lo que aprendiste del prójimo, de tu pueblo, de vos mismo.

La utopía del “espíritu de cuerpo” es igual a la imagen virtual que acompaña al hombre mientras el tiempo se lo come, cuando está lleno de honradez de orgullo y de ilusiones. Pero “la ilusión no se come” -dijo la esposa del coronel.

Honor a ex policías honestos, mis compañeros.

 

*Ex comisionado de la Policía Nacional