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Independientemente de consideraciones sobre el contenido y coherencia de la conocida como Ley del Canal Interoceánico, aprobada la semana pasada, y que corresponderá a los expertos hacerlas, hay una consideración de carácter general que salta a la vista.

El propósito de tener un marco jurídico previo para la idea de la construcción del canal, se dijo entre sus proponentes gubernamentales, es dar confianza y seguridad jurídica a los potenciales inversionistas. Si este era el propósito, con su apresurada aprobación, casi entre gallos y medianoche, sin un exhaustivo proceso de consultas a nivel nacional e internacional -entre expertos legales, financieros, y vinculados a la logística del transporte internacional, así como entre agencias especializadas, financieras y de infraestructura, entre otras fuentes que deberían haber sido consultadas- se ha conseguido justo el objetivo contrario: la certidumbre de la incertidumbre. Esto es así porque cualquiera, ya sea una persona o un gobierno, o un banco de inversión, se hará la siguiente reflexión: si tan fácil y rápidamente aprobaron la ley, fácil y rápidamente la pueden cambiar mañana.

En vez de seguridad y confianza, esa ley levanta, al menos, suspicacias e interrogantes.

La más obvia, y que ya ha sido destacada por opiniones que se han vertido, es que se trata de una operación propagandística, una venta de ilusiones sobre el futuro para amortiguar las dificultades del presente. Este Gobierno se ha encargado de alentar esa suspicacia con sus demagógicas promesas -“desempleo cero”, “hambre cero”, entre otras- y por sus desvaríos faraónicos: cuando no ha terminado de languidecer la idea de una mega refinería, de la cual se ha puesto la primera piedra más de una vez, salta la idea de un inmenso puerto de aguas profundas en el Caribe -necesario por cierto- del cual nunca aparecen los anunciados inversionistas, y así, así, así, hasta el delirio de una producción de algodón en que las motas ya vendrían del color de los pantalones que se producirían con el mismo, cuestión que el propio Ortega se encargó de anunciar cuando hace casi cinco años inauguró una planta de maquila de pantalones jean allá por Ciudad Sandino.

Menos obvia, pero de más fondo, como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, es fomentar la cultura del “premio mayor”, la expectativa de salir milagrosamente, por un golpe de suerte, por un “loteríazo”, del subdesarrollo y la pobreza. En vez de crear las condiciones que hagan posible el trabajo permanente y productivo de personas y empresas, asegurar energía de manera permanente y a tarifas que estimulen la inversión y la competitividad, mantener y ampliar la red de infraestructura, invertir en educación y salud para tener una fuerza de trabajo más productiva, entre otras cosas que hacen posible el desarrollo, se estimulan fantasías que postergan una y otra vez la verdadera solución de los problemas.

No es que no crea que se necesite otra ruta interoceánica. No es que no crea que esa ruta podría ser viable a través de Nicaragua. Es que no creo que nadie, en la comunidad internacional se tome en serio el paso que este Gobierno ha dado con la aprobación de la mencionada ley.

 

*Economista