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Quisiera completar una conclusión pendiente del artículo anterior sobre los derechos de las personas con variantes de sexualidad en relación al nuevo Código de la Familia, diciendo que, igualmente que tienen derechos a ser incluidos y respetados, también tienen deberes que cumplir con el resto de la sociedad no compatible o equivalentes a ellas: no pueden fomentar o promover acciones o conductas incompatibles con el otro segmento contrario o en desacuerdo. Dicho esto paso a la siguiente reflexión.

¿Nos hemos puesto a pensar en el elevado porcentaje de núcleos familiares (de hecho o de derecho) que viven en la indigencia y que merecen ser tomados en cuenta a la hora de hablar de su calidad de vida (educación, salud, vivienda, trabajo, ocio, etc.)?

Cifras de la Comisión Económica para América Latina, Cepal, hablan que una de cada tres familias viven en la indigencia en los países más pobres. En Nicaragua las cifras reflejan que de 2 millones 800 mil personas en edad de trabajar, solamente lo hacen un millón 398,881, es decir, un 50%. Esta cantidad se distribuye en trabajo formal (cotizantes INSS, IR) y no formal (sobrevivientes); 21 y 29% respectivamente.

¿Qué pasa con el otro 50% que no forma parte de estas estadísticas? Son los integrantes de los llamados “pobres-pobres” y “pobres-extremos”, los que viven con menos de C$23.50 el día (o menos de 1 U$).

Ellos son llamados también “familias”, donde llama poderosamente la atención el “fenómeno demográfico” o de “realidad invisible”: están allí y no los vemos; no son parte de ninguna estadística oficial ni privada. Están en los semáforos, barrios marginales, mercados públicos (sobre todo después de las 7 de la noche) y comarcas alejadas.

Son familias cuyas cabezas son en su mayoría jóvenes menores de 25 años, con apenas 2 a 3 grados de escolaridad, con adicciones a diferentes sustancias de bajo costo, sin mayores conocimientos y responsabilidades sobre responsabilidad social o comunitaria, y menos aun sobre planificación familiar responsable (número de hijos a traer al mundo).

El bajo nivel de instrucción y el ausente poder adquisitivo para la utilización de métodos de anticoncepción, sumado a los atrasos de tipo cultural y religiosos se convierten en caldo de cultivo para la reproducción inmisericorde y desordenada, que incluye la exposición a diferentes enfermedades de transmisión sexual, SIDA incluido, que repercutirá en huérfanos sobrevivientes de padres contagiados con dicho virus. ¿Qué hacer entonces?

Debemos considerar múltiples aspectos para la toma de decisiones, que deben ser participativas, y que tengan características de involucrar aspectos biológicos, psicológicos, culturales, étnicos, económicos y sobre todo éticos.

Las instituciones/organizaciones que trabajan la temática de la planificación familiar deberían diseñar programas de prevención de embarazos de alto riesgo social (además de obstétricos, por supuesto) en estos segmentos de población. No decimos que se les niegue el derecho a tener descendencia, pero sí de hacerlo responsable y planificadamente para que las generaciones por venir lo hagan en condiciones de dignidad y de oportunidades, con acceso a calidad de vida: salud, educación, vivienda, diversión, y además con la suficiente capacidad cognitiva (de pensar bien) para elegir su futuro.

Así como comer no es sinónimo de alimentarse (la comida chatarra más que un alimento es un toxico), la capacidad de concebir o engendrar una criatura no les convierte en familia, por ese solo hecho. Sexualidad no es lo mismo que sexo, análogamente, 3-4 personas por sí mismas no significan “familia”. Es un concepto que debemos entender y promover de manera distinta, aplicando las reglas o leyes socialmente aceptadas para que puedan aplicarse estos conceptos.

Es necesario que nos entendamos más y mejor como especie. Evitemos la discriminación, construyendo una sociedad más equilibrada, más justa, más digna, más humana. Quizás los antropólogos sociales y sociólogos, sin sesgos ni apasionamientos de ningún tipo, puedan penetrar en lo hondo de estos “segmentos invisibles”, pero que existen y son una realidad para retomar sus necesidades e integrarlas a la nueva Ley de Familia. Es justo y es necesario.

 

*Médico. Código MINSA 6950

eddyzepeda07@yahoo.com.mx