Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

“Cuando vinieron, ellos tenían la Biblia
y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron
cierren los ojos y recen. Y cuando abrimos
los ojos, nosotros teníamos la Biblia
y ellos tenía la tierra”


Pensamiento Mapuche


Después de tanto tiempo, algo pareciera cambiar. El avance integracionista y de la solidaridad con fines de liberación económica de América Latina, se consolida con cada gobierno identificado como de izquierda. Pero esta identificación es convencional, pues forman un mosaico ideológico, aunque tienen muchas cosas en común: los adversarios, la pobreza, el atraso y la herencia de su condición de países históricamente subordinados a centros de poder exógenos, de Europa y Estados Unidos.

La diversidad de matices políticos e ideológicos, devienen de las raíces históricas de las luchas de cada país, del carácter de clase de sus fuerzas motrices, del sustento ideológico que las anima y del compromiso de sus liderazgos con el progreso social de sus pueblos. Incluso, difieren en el estilo de ejercer el poder: el personalista centralizador, y el democrático participativo.

Y entre el mosaico de características nacionales y estilos políticos, no falta el factor religioso, aunque no sea igual de importante en cada país. Paraguay, es el único en donde con el factor de la Teología de la Liberación, la religión comienza a ser otra realidad. Nicaragua sigue siendo un caso original, lo que no quiere decir, el mejor ni el más ejemplar, al menos no, en el sentido positivo.

Desde el coloniaje y su herencia inmediata, el período del caos y luego el conservadurismo de Estado durante treinta años, no se alteró la influencia de la Iglesia Católica, ejerciendo su poder sobre el Estado y los diferentes estratos sociales. Entre las clases dominantes criollas, fungió como su orientadora y aliada; ejerció su influencia sobre la burguesía blanca y mestiza; pregonó la resignación entre la población urbana pobre y el campesinado bajo explotación semicolonial.

La revolución liberal, con una burguesía agraria no desarrollada al frente, sin embargo, cortó con sus reformas el cordón umbilical que unía a la Iglesia y al Estado. Le quitó a la Iglesia el control de la enseñanza y estableció la educación pública laica; eliminó su control exclusivo del matrimonio, dándole preeminencia al matrimonio civil; el registro de la población dejó de ser controlado por medio del bautismo y el Estado asumió su responsabilidad; y secularizó los cementerios, cotos privados de la Iglesia, en donde sólo tenía derecho a ser sepultado el ciudadano católico.

Extraordinarios cambios para una sociedad atrasada, de finales del siglo XIX. Pero en diecisiete años no podía borrarse tanto atraso; además, los rasgos dictatoriales del gobierno de Zelaya y el conservadurismo dominando en la conciencia social, no todo pudo hacerse efectivo. A ello, se sumó la injerencia imperial gringa, cuya alianza con las fuerzas conservadoras determinó el fin de la experiencia renovadora liberal con su intervención armada.

Hubo restauración conservadora, la Iglesia Católica y su jerarquía siguió sobre el podio del poder. Esta restaurada alianza de la Iglesia con el poder, en las condiciones impuestas por la presencia extranjera, sufrió los mismos vaivenes de la política en el transcurso de la presencia militar gringa, hasta empatar con el nacimiento de la guardia cipaya, llamada “nacional”, germen de la dictadura somocista.

Lógicamente, la Iglesia estuvo en contra de la lucha patriótica de Augusto C. Sandino, y hubo jerarcas que bendijeron las armas la intervención imperial. Bajo la dictadura somocista, la Iglesia siguió en su lugar como aliada del poder y le correspondió con amor al dictador Anastasio Somoza García, al otorgarle el título post mortem de “Príncipe de la Iglesia”.

De ahí en adelante, la Iglesia no varió su condición de aliada del poder, pero con altibajos, disensos y rebeldías de uno u otro sacerdote respecto a los compromisos de la jerarquía con la dictadura.

Esta situación cambió aún más con la emergencia de la corriente progresista católica identificada como Teología de la Liberación, mientras tanto la jerarquía --ya encabezada por el arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo--, oscilaba entre sus funciones clericales de tradición y las de mediadora entre la dictadura y la oposición burguesa, y después --en el último tercio del siglo XX-- entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional y la dictadura.

De la ortodoxia de la Iglesia se liberaron valiosas personas que, desde su compromiso religioso, abrazaron la causa del pueblo, se involucraron en lucha y ofrendaron sus vidas por la liberación nacional. Entre tanto, la Iglesia oficial se hizo más conservadora al producirse el triunfo revolucionario, y más tarde la guerra mercenaria alimentada militar y económicamente por gobiernos gringos; la jerarquía no vaciló en aliarse con la contrarrevolución cívica y armada, y junto a estas expresiones políticas de derechas fue alimentada con dinero de las instituciones del imperialismo.

Derrotado el FSLN, vienen otros períodos electorales, y el jerarca mayor, ya ordenado cardenal, lanza sus oraciones y mensajes anti sandinistas sin ningún reparo, francos y beligerantes. Llegó el “viborazo” en apoyo de Arnoldo Alemán, se convirtió en su aliado y se prodigó en excusas para encubrir sus robos en la Alcaldía y el Gobierno. Aún hoy, lo defiende y mantiene con él una buena amistad. El premio de su cardenalato no fue gratuito, pues lo ganó con sus buenos servicios a las fuerzas de la oposición anti sandinista cívica y
armada. Washington y el Vaticano le premiaron.

Más tarde, el cardenal Obando, en un cambio asombroso --por causas aún no aclaradas--, pasó de protector espiritual de Alemán y aliado de la derecha tradicional, a mentor espiritual de Daniel Ortega y Rosario Murillo, quienes también asombraron con su supuesta conversión. Ellos rompieron con la Teología de la Liberación y Obando subió sólo al podio del poder. El resto de la jerarquía le cela un poco, pero no lo cuestiona en serio, y ahora anda en el Vaticano tras el consejo papal para una redefinición de su actitud institucional ante el gobierno danielista, al cual ya ha criticado con su lenguaje tradicional. Pero no ha renunciado a los privilegios que recibe del Estado “revolucionario”.

La actitud de Obando tiene en un mar de dudas a sus antiguos aliados de la derecha, quienes buscan una explicación, y no aciertan. Sin embargo, no siempre andan fríos, encuentran algunas pistas, pero sus conclusiones no son muy certeras, pues su afinidad religiosa-ideológica les bloquea el análisis. Y después de la última crítica jerárquica al gobierno, más el actual viaje al Vaticano, les ha renacido la esperanza en el regreso de la Iglesia oficial hacia una derecha monda y lironda.

¿Acaso será posible descubrir la verdadera razón del cambio de Miguel Obando y de los Ortega-Murillo? Un doble secreto, el de Estado y el religioso, lo dificulta. Pero habrá que intentarlo. Lo que está claro es la diferencia del papel de la Iglesia oficial junto al orteguismo y respecto a otros gobiernos de izquierda. Y aún falta ver cuál será su conducta ante el del gobierno del sacerdote Fernando Lugo, de Paraguay.