Jorge Eduardo Arellano
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La sacro santa empresa privada está desenmascarada, ya la careta de su honradez pasó a ser un epitafio de mal gusto. Es sabido desde siempre de las triquiñuelas con el silencio sempiterno del oficialismo institucional y privado, que por cierto hiere y decepciona el espíritu de reivindicación que la población en general necesita recuperar, pues todo sube, se hace más difícil de lograr y para colmo de males, debajo de la mesa arreglan no sólo la cantidad y calidad de los productos, sino que se hacen de la vista gorda.

Nadie de los señalados ha salido asumiendo su responsabilidad, como tampoco ha existido algún resarcimiento para quienes por años y décadas compran con la confianza debida y pruebas irrefutables como las que se han detectado, evidencian una realidad vergonzosa, más aún, cuando quienes realizando el negocio de su vida se golpean el pecho y dándole gracias a Dios, por las buenas ventas, no imaginan ni por un segundo lo doloso que prevalece en el fondo de su conciencia chorreando inmoralidad.

Los organismos que toman un poco en serio la defensa del consumidor están con documentos en manos que no surten efectos porque el Cosep, por ejemplo, jamás dice esta boca es mía, y en el caso de instituciones del gobierno, a quienes se les expone la denuncia, no aplican en la verdadera dimensión la multa o en su defecto el cierre si así lo determina la Ley. Es entonces un robo descarado que ha sido un modo operandi de muchos supuestos empresarios.

Cuando las gasolineras ponen en peligro la vida de los ciudadanos, la multa es irrisoria y sale como por arte de magia un comunicado estéril. Ahí mismo, en las propias entrañas de la capital, está la Refinería, un verdadero peligro para el agua que toman los managuas. Y qué decir al momento de comprar un galón de combustible, las distribuidoras no echan lo debido y le quedan tres córdobas por galón.

Las facturas de consumo eléctrico alteradas, los tanques de gas para cocinar con menos libras y válvulas en mal estado; los mayoristas comprando granos, alterando la calidad del mismo al combinarlos con otros de menos calidad; en algunos supermercados, productos que no presentan la fecha de vencimiento sin derecho al reclamo; los bancos, con onerosos intereses incrementando sus capitales, sin que se les establezca una tasa apropiada con la cual se puedan atenuar las deudas.

El agua de difícil acceso para que llegue a nuestros hogares; la telefonía, la que más sangra a los ciudadanos con los precios más exagerados a nivel centroamericano y nadie le pone un coto; los servicios de cable a los hogares, monopolizados sin que exista oportunidad de que bajen los precios por la falta de competencia; y si faltaba más, el pirateo brutal que prevalece en todos los rincones.

Nadie sabe dónde están los señores empresarios, sólo se conoce que el sueldo o salario por tenerlos un día ya es un relativo orgullo, pues la inflación real y especulativa revienta sin cesar mes a mes a la masa de ciudadanos, quienes todavía confían en que se puedan equilibrar las cosas.


*Docente UNI.