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Cuando empecé (hace tres décadas) a leer los ensayos literarios o históricos del intelectual nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, JEA, lo primero que en el orden admiré de ellos, fue: precisión cronológica, relación fáctica, construcción sintáctica, coherencia sistemática, unidad temática, clara expresión lingüística, tono serio y altura profesional (no perfecto), al discurrir sobre poesía, narrativa, pintura y hechos acaecidos en nuestro país en diferentes épocas de la vida nacional.

Su pluma ágil y delicada trama, acomodándose plácidamente y con facilidad de palabra sobre la página en blanco. Imaginé, desde ese entonces, estar frente a una persona no egoísta, con vocación de servicio, un personaje acucioso en la investigación, desempolvando verdades ocultas para entregarlas al pueblo; consideré estar siempre ante un conocedor, hasta el momento, de una historia tergiversada, la que se ha empecinado en rectificar tenazmente; imagen sobre este alto exponente de nuestra cultura, arraigada en mi memoria como un brillante de alto quilate.

Pocas veces he cruzado palabras con este importante caballero (escritor e historiador), la primera vez fue para hablarme de Arcadio Choza, mi tío- abuelo: periodista, poeta y escritor capitalino (“Poetas modernistas de Nicaragua”, Ramón Sáenz Morales - Managua 23 de junio de 1891 –Idem: 5 de septiembre de 1927 --Colección cultural pág. 301– Julio Valle Castillo). La última vez, hace unos meses, fue en mi Matagalpa, en su conferencia sobre Rubén Darío. Aseguró que el panida nació por casualidad en Darío, Matagalpa, lo cual no comparto; no creo en las casualidades. Lo cierto es que el acontecimiento se dio en ese lugar a una determinada hora, cuando los astros ocupan un lugar en el firmamento. Todo precisado por Dios.

Con el respeto que se merece Jorge Eduardo Arellano, la imagen que tenía de él se opacó el día sábado siete de julio del año en curso al leer su artículo de opinión que tituló “Novia de la montaña o Ciudad de las Brumas”, criticando la última obra del colega Eddy Kühl Aráuz. Y no es que yo esté en contra de la crítica, siempre cuando esta sea sana y constructiva. Todo lo que JEA dice, que a su vez no es verdad absoluta, pudo haberlo dicho como colega, como hermano de las letras (si así lo considera), pero no en la forma vulgar y grosera como lo hizo.

Inicia su página hablando de la recopilación histórica y sube la voz llamándolo promotor del “lesbianismo” idiomático, luego cita a Velásquez Molieri –“esa diletancia no es sino cretinismo”-. Pero dice salir en defensa del colega incidental (diletante).

Uno: le dice que practica una ciencia o arte como aficionado, sin tener capacidad ni conocimientos suficientes. Dos: Cretinismo: a) Enfermedad caracterizada por un peculiar retraso de la inteligencia, acompañado, por lo común, de defectos del desarrollo orgánico. b) Estupidez, idiotez, falta de talento.

Tres: Incidental: colega de poca importancia o no esencial, intrascendente. Cuatro: con lo de ancianidad menor y ancianidad mayor; quiero decirle mi estimado amigo que todos vamos caminando al mismo lugar; aseguraba mi padre, don José Rivas Maradiaga: “El que no llega a viejo es porque se jodió antes”.

Con todo esto desmenuzado, y sin máscara alguna, le aseguro que su crítica no es sana, y en nada contribuye a la cultura nacional; por el contrario, usted LE RINDE TRIBUTO A LA GUERRA. La historia escrita por los grandes está llena de errores, de fantasías que con el tiempo se vuelven de carne y hueso. Como dice mi querido profesor, doctor Douglas Stuart Howay: “la historia son aproximaciones”, la verdad absoluta no existe, lo importante es tener el ánimo de hacer, de crear y recrear, de criticar para superar, no para destruir.

Concluyo citando al poeta y maestro Efraín Osejo Morales: “Cuando en la crítica se altera la voz, se golpea la mesa y se escupen ofensas personales, desaparecen y se debilitan en ella la razón y la objetividad; disminuyéndose el crítico a una peligrosa, mínima expresión intelectual”.

 

* Escritor

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