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Mi cuerpo es mi espacio, mi intimidad, mi todo. Mi cuerpo es un lienzo donde escribo lo que quiero, lo que deseo. Mi cuerpo es mi casa y a mi casa se entra con invitación, el que no respete este espacio será sancionado.

Al terminar de revisar la Ley de violencia contra la mujer, mi primer pensamiento contiene palabras no publicables en este medio, luego pensé: esto no me sirve, mis mayores luchas no están reflejadas en esta Ley. Hablo del acoso callejero.

Al día soy acosada unas cinco veces, esto como base, esto puede aumentar y extraordinariamente disminuir; son poquísimas las veces que esto último ocurre. Mis estrategias para enfrentar el acoso son diversas y por código ético decido no enunciarlas, sin embargo, mi cuerpo ha decidido no silenciarse y actuar.

La historia del acoso cambia de mujer en mujer, transita de la agresión verbal que ellos llaman enamorar a la agresión física que muchos ni reconocen como tal. Desde este punto surge mi inconformidad con la Ley.

Es una ley que reconoce como violencia hacia la mujer, no la simbólica, ni la cotidiana en los espacios públicos, o en la dimensión política, sino en la vida de pareja. Al parecer, seguimos funcionando desde la lógica familia/pareja heterosexual, como si esto de violentar el cuerpo femenino sea un mero hecho de dos, y solo en el espacio de la casa.

Pues no, señores y señoras, pues algunas mujeres dicen que es radical querer encarcelar a los hombres por enamorarla a una en la calle. Yo he conocido a muchos tipos de agresores, mis acosadores han sido buseros, CPF de mi universidad y de otras, cobradores de bus, pobladores de mi colonia, chavalos de mi edad, albañiles, policías, militares, docentes de la universidad (específicamente de la UNAN), vendedores, trabajadores de la alcaldía (los del camión de basura), los del camión de la Eskimo, en fin, mi lista es enorme y si la sumo a las de otras mujeres no cabe en una publicación de este diario.

No es por falta de evidencia o agresiones que el acoso callejero no se visualiza como violencia sexual, física o simbólica en la Ley en mención, sino porque desde los imaginarios patriarcales con los cuales funcionan el Estado, el aparato jurídico y las personas que en estos espacios laboran, el cuerpo percibido como femenino, el cuerpo de las mujeres es un cuerpo hecho para ser violentado, para recibir todo sin quejarse, para ser agredido por quien lo desee y no esperar ninguna sanción relevante por este acto.

La Ley es en esencia patriarcal, exaltadora de la figura del hombre y sobre todo subordinada a aquellos que ostentan puestos de poder político, económico y militar, quienes sirven de ejemplo para agredir/abusar/violar cuerpos de mujeres sin recibir ninguna sanción a este hecho.

Mi cuerpo es mi país, y en mi país quiero vivir con libertad. Por lo tanto, enuncio mi total inconformidad con esta Ley que reafirma el derecho de nuestros acosadores a seguirnos violentando por las calles. Reafirmo mis luchas, aquellas que me exigen autonomía, fuerza y acción política, sin miedo, sin temor, con la fortaleza de todas como colectivo, de la unidad de todos aquellos cuerpos que desde la mirada patriarcal son blancos de agresiones y violaciones.

Mi cuerpo no quiere ni vivir, ni heredar miedo. Lo que le pasa a una nos pasa a todas. No lucho solo por mi cuerpo, pues mi cuerpo no está solo en esta lucha, está junto a otras mujeres que viven en latitudes diferentes a la mía y que desde sus espacios también están luchando, que viven esta lucha desde el momento en que salen de sus casas, o en el interior de sus propias viviendas/familias siendo acosadas por padres, padrastros, hermanos o tíos.

Mi cuerpo es mi acción política, mi vivencia de la revolución, mi verdadera revolución. No hablo de aquella que enviste de gracia la violación de un cuerpo sino de la que responde a la agresión, a cualquier tipo de agresión con indignación y sin tapujos. Hablo de esa revolución que se hace posible solo si rompemos el hilo enfermizo del padre autoritario /abusador/represivo y de la madre chantajista/encubridora/cómplice del abuso o violación.

Hablo de dejar el silencio, de empezar a luchar desde desmantelar nuestras programaciones de miedo, de espanto y pasar a nuevas formas de vivir, llenas de sentido, de luchas y de verdadera solidaridad.

http://gabrielakame.blogspot.com/