•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

La vida de un pueblo se conoce, en su esencia, a través de su lengua. En verdad su historia, su geografía, sus costumbres e ideas no entrarían en nuestra vida de relación y comunicación si no conociésemos su lengua. Porque la lengua, como afirma Bertil Malmberg, es el hombre.

El lenguaje metafórico del gallero, deporte antiguo y moderno y por eso de mucho arraigo en nuestro pueblo, es por esencia el habla del pueblo o, mejor dicho, el alma de ese pueblo. Y es que el nica es “muy gallo”, porque en cada uno de nosotros anida ese ser decidido y “aventado”, que no recula ni se arredra. “¡No clava pico!”.

Y es algo más: un “gallo de pico y cola, espuela, canto y cacareo”, por sus múltiples cualidades --inteligente, reconocido socialmente y hasta con cierta holgura económica-- que ha ido perfilando en medio de sus venturas y adversidades. Un “gallo fino”, diríamos, un individuo que tiene “casta de hombre”, es decir, cualidades de hombre de bien, un verdadero “gallo limpio”, honrado y decente, de principios acendrados en el crisol, capaz de levantar la frente en cualquier parte con orgullo, y que puede, además, asumir con dignidad su compromiso.

No es en modo alguno un “gallo-gallina”, sino un hombre que puede decir: “Yo soy hombre entre los hombres y entre las gallinas, gallo”; porque es un hombre hecho y derecho, asentado y seguro, con plena madurez y experiencia; un “gallo viejo que con el ala mata”, porque se impone en cualquier campo de la competencia con su capacidad, su experiencia y su valor.

Pero hay también en el ser humano sus propias debilidades. Y esas flaquezas se reflejan, como es lógico, en el lenguaje, esa forma de decir las cosas como se dicen, espontáneamente, sin ambages ni cortapisas, que ponen al descubierto el lado flaco de lo que somos y sentimos. “Tener mucho gallo” se dice del individuo muy altanero, soberbio y vanidoso, que se considera dominante o superior, aunque en la realidad no sea más que un “gallo entre las gallinas” y no un “gallo entre los gallos”. Y “tiene sangre de gallo” se dice del hombre muy belicoso, golillero, provocador, que busca el pleito y la riña como si fuese su forma particular de ser y de actuar.

No basta, a veces, ser pleitista para recibir su merecido, porque al “bichero” se le llega también su día. Una persona habladora, cuentista e indiscreta recibe al fin y al cabo su reprensión o castigo. Por eso “al gallo que mucho canta le aprietan la garganta”.

La tolerancia no cabe a veces en la conducta de dos individuos incapaces de congeniar, de entenderse y compartir responsabilidades y compromisos. Por eso se dice que “no cantan bien dos gallos en un mismo gallinero” cuando esas dos personas –sin importarles la necesidad de la armonía y el entendimiento por el bien de la institución y de la sociedad misma- quieren a la vez imponer su mando, prestigio o voluntad.

Y es que la jerga del gallero -como todo léxico- contiene un acervo popular almacenado que se ha venido renovando y enriqueciendo a lo largo del tiempo. Y sus palabras nos ilustran acerca de cómo construimos el mundo de la vida. Nos muestra las preferencias, los intereses, las creencias, el sistema de normas, las costumbres de una sociedad. Lo que piensan y hacen y dicen las personas. Diderot escribió una vez que el idioma de un pueblo nos da su vocabulario y su vocabulario es una biblia bastante fiel de la idiosincrasia de ese pueblo. Una buena razón para entender por qué la aversión o menosprecio hacia la mujer (misoginia) se refleja en el lenguaje, que nos revela una discriminación característica no de un grupo social o una época determinada, sino de toda la cultura occidental.

Por eso, ufanarse de ser “un gallo de muchos alzos” (hombre que se ha burlado de muchas mujeres) es un “ideal masculino” acuñado por una sociedad con un rezagado machismo, cuyos secretos más íntimos los pone al descubierto un lenguaje que dice en el fondo lo que verdaderamente somos, aunque pretendamos aparentar lo que queremos ser.

rmatuslazo@cablenet.com.ni