•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

He escrito unas 50 páginas enaltecedoras sobre él, y compilado dos libros de autores varios: Bolívar y los nicaragüenses en 1983 y El Libertador entre nosotros en 2001. Por tanto, estoy libre de fobia alguna contra el protagonista histórico que, al final de sus días, desengañado, reconoció haber sido —con Jesucristo y don Quijote— uno de los tres grandes majaderos de la humanidad. Quisiera transcribir unos breves apuntes —reveladores algunos de hechos poco conocidos— sobre “quien murió pobre —dijo José Martí— y dejó una familia de pueblos”.

Bolívar: colosal

El principal gestor de la revolución emancipadora de Latinoamérica en todo fue colosal y uno de los pocos seres que han sido dirigentes de la acción, en el lugar de la acción y al frente de la acción. Un coloso que en menos de cuarenta años recorrió en barco, a caballo y a pie, una distancia equivalente dos veces y cuarto la vuelta a la tierra, superando en miles de kilómetros a Alejandro Magno, Julio César, Aníbal y Napoleón juntos.

El caballo y la rosa

Más de la mitad de su vida permaneció Bolívar montado: si no sobre el caballo dirigiendo sus gloriosas campañas libertarias, sobre la rosa sexual de la mujer, a la que era impetuoso adicto insaciable.

Chaparrín

Don Simón era chaparrín. Medía dos centímetros menos que Tomasito Borge. Nadie, sin embargo, ha reparado en su estatura física.

Anagrama

El anagrama más significativo de Rubén Darío —nuestro Bolívar literario— es Un Bardo Rei. El de J. Santos Zelaya, Ya nos lazaste J.; el de Carlos Cuadra Pasos, Para casos de locura; el de Emiliano Chamorro, Mi ir oler ano macho; el de Aldo Díaz Lacayo (Yaco Alaza D. Olid). ¿Y el de Bolívar? Libró a V., naturalmente.

Profeta errático

A los merecidos títulos de Bolívar, ¿habría que añadir el de errático profeta? Los istmanios del continente —me refiero a quienes sobrevivimos en el área centroamericana— respondemos positivamente. Porque en su delirio de futuro don Simón aseguró: Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala, formarán una asociación. Esta magnífica posición sobre los dos grandes mares podrá ser, con el tiempo, el emporio del Universo.

La realidad nos da la razón. No constituimos ninguna asociación ni unidad política. Ni somos emporio comercial alguno. Más bien, cabe hacer otra pregunta: ¿Seremos, más pronto que tarde, emporio del narcotráfico?

Las ajenas Antillas

Demetrio Ramos, en su instructiva biografía de Bolívar recuerda que este no intentó en ningún momento “libertar a La Habana” ni otro territorio antillano en poder de los españoles. El libertador temía el estallido de una rebelión de esclavos negros que, como la de Haití, fuera imposible controlar.

Marx y su desprecio de Bolívar

Don Karlos no entendía la cuestión nacional en América Latina. Por tanto, ignoró la significación de Bolívar; más aún: fue uno de sus grandes detractores. Sin reprimir su eurocentrismo e influido por la tradición antiespañola predominante en Inglaterra, donde subsistía escribiendo para la Enciclopedia Americana, desdeñó las campañas militares del ex aristócrata caraqueño.

Para el filósofo de Tréveris y descendiente de una familia judía de clase media, las derrotas iniciales del caudillo sudamericano se debían a su impericia militar; y sus posteriores triunfos, a la Legión Británica. “Como la mayoría de sus coterráneos, era incapaz de cualquier esfuerzo prolongado”; antes de hacer la guerra, “gastaba más de dos meses en bailes y fiestas”; indolente, en vez de avanzar sobre el general Morillo con resolución, en cuyo caso “la fuerza europea de su ejército hubiera bastado para aniquilar a los españoles… prefirió prolongar la guerra cinco años más”.

El autor de la tesis doctoral Diferencias entre las filosofías de la naturaleza de Epicuro y Demócrito agregaba en su juicio condenatorio: “dejó al General Sucre todas las tareas militares, y se decidió, por su parte, a hacer entradas triunfales, a publicar manifiestos y promulgar constituciones”. Asimismo, en el Congreso Anfictiónico de Panamá, Bolívar se propuso “hacer de toda América del Sur una república federal de la que él sería dictador”.

Años antes, el profeta social más consistente del siglo XIX había escrito a su carnal Engels —quien había celebrado la anexión de las dos terceras partes del territorio mexicano a los Estados Unidos— esta opinión infortunada: “ver que comparen a Napoleón I con Bolívar, el pillo más cobarde, más vulgar y miserable, es algo que excede todo límite”.

En definitiva —explica el marxólogo porteño Jorge Abelardo Ramos— América Latina estaba fuera del foco visual de las meditaciones de don Karlos.

Bolívar y Chávez

—¿Por qué no nos ha libertado el Libertador? —proclamó un acérrimo partidario de Capriles—¿Por qué no nos ha libertado… de Hugo Chávez Frías?