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Es la primera vez que escribo un artículo sin saber cómo va a terminar, sin prever la última frase, la última idea. Quizá porque escribo desde una sensación temprana… ese cosquilleo que revolotea a punto de morir cuando al fin de comprender algo que puede olvidarse. Algo que estaba en las entrañas de una vida pasada, soñada o futura. Eso que revela que eres más de lo que eres, o si no más, al menos parte de más cosas, aunque no lo veas casi nunca, ni lo sientas ni lo toques, ni lo escuches ni lo sientas. Creo que podrán perdonarme que alargue tanto las frases conjuntivas.

Por circunstancias del azar, y que a nadie desearía, me han tocado de cerca varios suicidios de gente muy querida. Y aunque no hubiese querido, se ha convertido por obligación en un asunto sobre el que he tenido que hacerme preguntas y tratar de encontrar algunas respuestas. Se dice que sólo se suicidan las personas extremadamente buenas o las personas muy malas. A mí me han tocado los primeros; quizá los mejores de nosotros, como se dice de los héroes.

De entre las cosas que más me sorprendieron, y no he hablado aún de ello con psicólogos o expertos en la materia, es que algunos hermanos de último vuelo me hablaron de la enorme importancia de la mañana en sus pesares. No sé si será un patrón compartido entre suicidas, ni siquiera si se trata de una casualidad. Una de mis mejores amigas-hermanas, antes de morir hace un par de años, tuvo varios intentos. Después de uno de ellos, despertó en el hospital, y al volver en sí (una frase que se dice ligero y sin pensar: “volver en sí”) comprobó que aún estaba con vida y le dijo a un familiar a su lado con mucho dolor: “¿Qué más tengo que hacer? ¿Otra vez, la mañana?”.

Yo creía que la hora más crítica, la que toda persona con una sensibilidad extrema temería, era la de la tarde o la noche. Con estos hermanos míos, al menos, me equivoqué. Casi todos le tenían un pánico atroz a las mañanas. La hora cuando empezaba todo en el lugar donde no querían estar, o estaban sin más fuerza que las de unos pulmones que se empeñaban en seguir tragando aire. Lo que quedaba de ellos: alma, corazón y vida, pertenecía ya a otra parte donde sólo Dios sabe que pertenecen “los mejores de nosotros”.

Pero hete aquí, en esta mañana de hoy, cuando ha estallado el sol en todo, cuando todo es evidente, lo feo, lo bello, lo triste, lo sublime, que me acuerdo de esas palabras de mis hermanos muertos. Y siento, quizá con la falsa expectativa del que se enreda en ficciones para no aceptar la realidad, que ellos, en el fondo, sintieron alguna vez que en alguna parte recóndita, donde no alcanzan ni las piernas ni la sangre, en algún rincón cuyo paso exige cerrar los ojos, estaba esa belleza que merecemos todos, esa sensación de alegría que no se va a romper nunca, de risa que estalla como este sol. Podría llamarse pureza como el vaho de una animal al amanecer. Será que me he cruzado con una mujer que acaba de vencer una batalla. Si ustedes la hubieran visto… Miren, no exagero si les digo que tenía más de 90 años. Llevaba dos pesadas bolsas en las manos con fruta y otras cosas. Caminaba despacio, para mí, claro, pero en su gesto había el vértigo de una velocidad endiablada. Ella era la mañana entera. No sé si me explico, pero de veras merecía la pena verla. Pocas veces me he cruzado con una felicidad semejante.

Entonces, han venido a esta hoja mis otros hermanos, y su búsqueda, sus sospechas, esa promesa que ellos me dejaron, la encomienda de vigilar y ponerme en guardia contra la tristeza, de matarla a palabras como tiros, pues una plena alegría que no se empaña está por ahí, en algún lado, aunque no sepa decirlo con las manos, ni con estas palabras que por primera vez no sé por dónde acaban.

sanchomas@gmail.com