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Estoy rompiendo con el payaso que llevo dentro. El que me invitaba a naufragar. No quiero más reclamos. No. Alguien se disfraza como una vieja melodía, con el piano borrado que me sigue por la vida incómoda. Me da vergüenza, pero no debo comprenderme.

Llego a la esquina y una migaja me ilumina, y no puedo retenerla en esta calle con insomnio. Sobran las esperanzas por mi manera de ver. Estoy hablando y nadie me mira. Sólo quieren oír a sus huesos. Me traen consuelo (como si de una feria se tratara) y yo quiero gritar. Quizá estoy delirando. Me veo las manos, y en un pequeño vuelo, sale el sol en algunas partes.

No es cosa mía que en la pulpería se venda lo imposible en una libra de sal. A este lado de mi sombra están acomodando cosas para esperar siglos. Son cosas de este siglo que aún humea y rechaza lo humano (por supuestamente incompatible).

Reviso las deudas, y encuentro en ellas, las dudas de mi resentimiento. Conmigo, que no se inmiscuya, la paloma mensajera, porque solo desastres he recibido durante toda mi vida. Cuando se va me deja el cansancio y un rollo de trapos sueltos, que tardo mucho tiempo en descifrar. Aunque, es la paciencia la que más pierde.

No tengo razones para insultar al tiempo. El tiempo es más cobarde que yo. Muy frecuentemente se lava las manos en aguas de bonanza y se estira como un camaleón en cualquier ciudad contaminada para ver la nada.

En el ojal de mi camisa se eterniza mi silencio. Se eterniza también la falta de voluntad para ayudar al que está callado sobre la acera y con hambre de todo. Los golpes en la puerta son para que hable mi padre. En mi pensamiento batallan a puño limpio, las últimas decisiones, que son las que acabaron con mi sangre y me dejaron los huesos pelados.

Tarde o temprano se sabrá quién desde su muerte interior aún sigue haciendo el mal y con total desenfado se queja de los malos augurios. Muy pronto, (y aunque no quiera) las gaviotas no dejarán ver sus cuerpos sentimentales y harán hasta lo imposible para frenar las tormentas de un templo abandonado.

Cómo desearía ser ese cuerpo que aún respira. Un cuerpo que ilumina una sonrisa y se opone al falso amor. Me detengo a pensar sobre la voz de la tarde, que a veces me contesta con palabras y testimonios de otro sueño. Ajusto cuentas y tengo algunas semejanzas. Soy parte de un acto contradictorio. Soy el espejo dominado por la sangre que no me necesita. Un rumor que saca la lengua para ahogar el fuego en mis heridas.

Aquí las excusas son tan mínimas que un piojo tiene tanto derecho como un perro flaco. No creo, en las pausas que hace el ocio en un día difícil. No creo en las ventajas de la venganza. También soy un ángel de hierro, que ve caer los edificios más grandes y no cree en la muerte.

Detesto los caprichos de las niñas vírgenes, porque ellas arrastraron a los ángeles y no pudieron evitar que se ahogaran. De sus colochos ariscos, salieron en llamas los últimos vestigios del mar enamorado. Ahora que estoy aquí, la mirada se va en una sombra de cenizas con un enano que busca el horizonte.

* Poeta y periodista