Jorge Eduardo Arellano
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Pocos años después que diera inicio el primer ferrocarril en el mundo, nuestro país tuvo uno. El tren fue para una gran cantidad de personas la única alternativa para llegar a otras ciudades y pueblos. Fue un símbolo de progreso y para muchos un sinónimo de vacaciones y paseo.

El tren en este país costó grandes esfuerzos. Fue una realidad en el Pacífico y nunca se pudo llevarlo al Atlántico. Fue uno de los propósitos del General Zelaya que no se realizó. Cuando se logró terminarlo, tras haber librado las peores batallas, lo nombraron Ferrocarril del Pacífico. Para nadie es un secreto la difícil topografía de nuestro país. Poner a funcionar un ferrocarril no resultó fácil, menos en aquel tiempo, pues aquí hay subidas y bajadas de varios metros antes de llegar a la cordillera central. El ramal que debía llegar al Norte se estancó en La Cruz de Río Grande.

Nuestro ferrocarril sirvió para transportar carga y pasajeros por un trazo de curvas, atravesando montañas empinadas, con cuestas que lo hicieron lento pero seguro. Paso notable fue el túnel de Catarina, del que se salía al encantador paisaje de la Laguna de Apoyo. No hubo quejas del ferrocarril, a pesar de que, por las inclemencias del tiempo, se presentaron derrumbes. Siempre hubo solución para esos inconvenientes.

Funcionaba con ciertos problemas de rentabilidad, pero sin ton ni son comenzaron a desmantelarlo, enviando rieles y locomotoras a otros países. Decisión desafortunada. Sin embargo, ¿cómo poder explicar que con tanto esfuerzo que costó un medio de transporte tan útil en nuestra accidentada topografía, llegara a desaparecer en su totalidad durante la administración de Doña Violeta? Al parecer fue para favorecer a un grupo de las compañías automotrices que con sus pesados equipos, en pocos años acabaron con las carreteras del país, frágiles, asfaltadas y angostas.

Ahora, con mayor desarrollo se debería implementar el transporte de carga por ferrocarril. Saldría más barato para todos, pues es el transporte que resulta más económico. Los trenes, como cualquier transporte de carga en el mundo, se pueden adaptar a las necesidades, tales como refrigeración para perecederos, containers y otras. También los puertos tienen instalaciones que permiten que se pueda hacer con el tren lo mismo que se hace con los furgones, usando inmensas grúas viajeras.

Sería saludable que este Gobierno, si algún interés de desarrollo tiene, participe en el relanzamiento del proyecto. Será el inicio de lo que en un futuro no lejano sin dudas traerá enormes beneficios a la nación, y con mucha más razón, una vez que se comiencen a movilizar miles de toneladas de carga anuales a través de los dos océanos que bañan nuestras costas.

Sin duda el canal seco puede cambiar nuestra economía. La posibilidad que se tiene para realizar esta obra que algunas personas, por conveniencia, vieron o consideran muerta, permitirá darle una nueva perspectiva a la situación ferroviaria nacional que está estancada.

Incluso, si en pocos años se logra desarrollar el tren al Atlántico, se podrá revivir el proyecto del tren turístico, que fue tan frecuentado en el Pacífico no hace muchos años por extranjeros y nacionales. Pero lo más importante serán sus logros económicos para una nación tan empobrecida.