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Era un día de “fiesta nacional”, se conmemoraban más de 30 años de asunción al poder y se encontraba el neo-dictador rodeado de su séquito de seguidores. Serviles borregos ocupaban sentados cómodamente los mejores lugares, presidiendo el sitial de aquella magna celebración y vistos ante los ojos de la sociedad como la nueva clase política dominante, a la cual se le tenía que rendir pleitesía porque muchos de ellos gozaban del favor del tirano y del poder que éste les otorgaba, poder que había sido obtenido a costa de muchos atropellos, servilismo, traiciones y asesinatos.

Estos aduladores llegaron a ser con el tiempo los preferidos del tirano, hasta graduarse y convertirse en un séquito de rameras, sátrapas, cleptómanos y violadores, útiles a los planes y a los intereses para ejercer una dictadura duradera, que día a día compraba conciencias y voluntades.

Todos los cansados y asoleados asistentes se fueron alejando de la burda celebración popular hasta dejar vacío aquel lugar que los había albergado, muchos regresaban desilusionados y fastidiados de oír lo mismo durante los más de treinta años de obligada asistencia a dicha celebración, otros, borrachos o drogados, alejados completamente de la gran realidad nacional se perdían a la distancia, después de haber reafirmado su fe ciega y sin sentido en una “revolución traicionada”, porque el Gobierno se estaba convirtiendo día a día en el reflejo de lo que un día había duramente criticado y combatido a costa de muchas muertes, antes heroicas y hoy sin razón de ser.

El país se estaba hundiendo en la desgracia porque los que estaban dirigiendo su destino se limitaban simplemente a hacer sus negocios y a amasar grandes fortunas y no estaban honrando al pueblo, el que de manera forzosa le estaba brindado una oportunidad más de servirle, pero no de que se sirviesen de él y lo que es peor: el tirano se sentía imprescindible y necesario, pero todo era a causa de que muchos hombres lo habían endiosado, alimentando enormemente el ego de aquel hombre común y salido del montón, hasta llegarlo a convertir en el monstruo que amenazaba con devorar a todos los que se le opusieran, montado en el Pegaso que le brindaba sus alas.

Ese mismo día, un grupo de preocupados y buenos hijos de la patria se reunieron y analizando conscientemente la situación nacional, llegaron a la conclusión de que el servicio al pueblo debe de ser un deber ciudadano, un compromiso patriótico y que ningún gobernante es dueño del capital del pueblo, ni de ninguno de sus valiosos y patronímicos recursos y que no debe de disponer de ellos como si fueran de su peculio personal, porque la patria no es una finca personal, ni familiar, sino el terreno que alberga a todos sus ciudadanos para que estos puedan vivir en paz, en libertad y en desarrollo.

Por lo tanto ningún individuo, por alta investidura que tenga, le haya sido otorgada o se la haya robado, podrá despilfarrar o apropiarse de tales bienes, mucho menos someter al pueblo, sino mejorar las condiciones de vida de éste. Entendiendo que el gobernante no le hace un favor al pueblo, sino que tiene un deber que cumplir como ciudadano comprometido, otra manera de administrar los bienes y las fuentes de riquezas, sino es en beneficio de su conglomerado y de su mejor bienestar, se tornaría como una vil burla a los intereses de toda una nación, constituyéndose en una traición, robo y una falta grave a la misma.

Por lo tanto, de común acuerdo dispusieron unirse en un solo puño granítico, en una sola voz de protesta y en una sola voluntad en contra de la dictadura y ese mismo día, dio inicio el fin del reinado de la oligarquía familiar y al poder agregado de su séquito de serviles borregos que dispersos balarían muy pronto por doquier.

*Abogado

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