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Hay una fantasía enfermiza que deambula como un fantasma acuchillando a las hormigas laboriosas y secundando el fraude, hay muertos de antaño que resucitan en las esquinas donde se labraron placas y hoy sus voces se desmayan ante una aurora falsa.

La avenida Victoria es una avenida que no se levanta invadida de ese quejido que siente don Cecilio por el frío cuando en su champa sigue demandando sábanas blancas; no obstante, recibe como castigo la promesa demagoga de hacer posible lo necesario.

Los rostros arrugados con pecas y pecados se amontonan desde sus corazones de hielo y el laberinto del día hace una pequeña alforja, al menos, para descansar un rato ante la dictadura oprobiosa de las momias que celebran una revolución desmontada.

Los semáforos anuncian que los circos ambulantes están abiertos en la avenida Victoria y la tristeza florece en la sonrisa de todos, mientras los payasitos se marchitan cuando cae el día.

La falsificación está en todas partes y la autenticidad es pecado castigado con la muerte. La niña del altavoz lo supo muy tarde cuando agitó el pañuelo en señal de libertad y fue acusada por herir el cielo ajeno; por eso los niños en esta falsificación de país hacen de sus sueños pequeños recuentos de horas dormidas entre pega de zapatos sontos.

Ojalá resucitaran las voces jóvenes de la Nicaragua traicionada para rasguñar el misterio oculto entre el porvenir y la pasividad perpetua de los tuertos que nos mal gobiernan en un país donde se impone al ciego.

En la avenida siempre hay una historia que contar, que cantar y cuando la música abandona el viento entonces cede al pregón del vendedor y se vuelve un acontecimiento espiritual, es su propio concierto de tristeza acariciándose hasta adentro, manoseando el sol con sus lamentos.

Los cuerpos en la Avenida platican su historia cuando el rostro la niega, entonces se acumula en ellos el viento, el sol, el polvo y la lluvia para hacer nuevamente al hombre nuevo entre lágrimas, risas y esperanzas.

Cuando los payasitos se multiplican haciendo malabares, las niñas se embarazan de hambre y los niños se resisten a crecer, la tristeza invade nuevamente nuestra carretera y el falsificador de sueños se ríe desde sus millonarios retratos.

En la avenida hay una eterna Navidad sin regalos y las luces se opacan cuando la noche se impone, entonces salen victoriosos de los centros de poder los otros, los que concluyeron su mandato del día.

Los extranjeros se fotografían ante la fea escultura de un triste boxeador, que retó al firmamento y silencio obtuvo por eso. La avenida es un souvenir exótico que se llevan en fotos o postales los sonrojados turistas de un país de rostro mal hecho.

Esta avenida que no tenía dueño, se ha vuelto un espectáculo “popular”, desde que danzaron coquetamente el viejo y la vieja en su traje de fantasía electoral y los espantapájaros motorizados custodian los estadios virtuales, serviles virtuales con un presidente virtual en un país virtual.

La avenida Victoria se conecta con la Plaza de la Revoluta donde el escenario es más fashion o similar pero siempre desde un pódium se confisca la libertad. Las palabras muertas mortifican el alma, la indiferencia atroz asesina el cuerpo; pero alma y cuerpo se unen en un aplauso por la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Cuando en las plazas se vitorea el nombre de un dictador hay una voz oculta que nace desde las entrañas del pueblo para su liberación y es como un trueno sonoro que separa la luz de las tinieblas.

Sin embargo, me queda la duda si en Nicaragua alguna vez hubo revolución.

19/07/2012

*Abogado y escritor

irvincordero@gmail.com

http://irvincordero.blogspot.com

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