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No por deslumbrante, el escenario orteguista del 19 de julio pudo hacer olvidar la realidad sobre la cual lo erigieron. Tampoco pudieron evitar las sombras políticas y sociales, pues con sus luces, no hicieron si no proyectarlas. Fue como feria de pueblo: alegra en el momento a los parroquianos, pero no puede evitarles la vuelta a su triste cotidianidad.

Pero ni durante el tiempo que duró la festividad pudo escapar a la observación la discordancia entre su espectacularidad y sus limitaciones. Es decir, que para la dimensión histórica que tiene el hecho de que hace 33 años en Nicaragua se derrocó una dictadura y comenzó el inicio de una revolución, aunque frustrada diez años después, lo ocurrido en el escenario fue de mucha pobreza. Es fácil enumerarla:

El acto lo protagonizó el menos brillante de nueve de los dirigentes históricos, y una señora sin ninguna figuración de relevancia en el proceso revolucionario ni mucho después; una simbología esotérica sustituyó las imágenes de los padres de la revolución y de los dirigentes caídos; la tramoyista y maestra de ceremonia, ignoró a los héroes y mártires de la revolución, atribuyendo el fruto de sus sacrificios, la victoria, a las “bendiciones” celestiales; la figura única mencionada fue la del desaparecido Tomás Borge, a quien le llenó de reconocimientos que a él le hubiese gustado oírle en vida; hubo cámaras solo para Dos, no para las masas; alusiones insustanciales a valores éticos y humanos desconocidos por su gobierno.

En un segundo aspecto de la feria, fue notorio el bajo nivel de las delegaciones extranjeras, pues ni siquiera alcanzó a ministros del exterior ni a vicepresidentes; de México estuvo una delegación del PRI de México, el par histórico del Frente orteguista en eso de convertir una revolución en su contrario, y nadie representó a la izquierda mexicana; en ausencia de su cardenal privado, Miguel Obando, llevaron a cuatro curas en distintos momentos cuestionados por sus posiciones antirevolucionarias: Montenegro, Peña, Carballo y Eslaquit; rehabilitaron a varios comandantes guerrilleros marginados por el orteguismo; la mayoría de magistrados de los poderes del Estado presentes, están al margen de la ley, pues aún no han sido nombrados por la Asamblea Nacional.

Siguió el discurso del principal actor del acto, Daniel Ortega. No le acompañó la originalidad, como siempre, y en él hubo ausencia total de mención a las funciones gubernamentales que están totalmente ausentes de legalidad, ni a otras cuestiones deficitarias de la institucionalidad. Más bien, obviando la ilegalidad de la reelección de los alcaldes, habló del “beneficioso” aumento de la burocracia municipal, pero nada sobre el cuestionado aparato institucional que les bendecirá su “elección”.

En fin, muchas luces en el escenario, pero son más densas las sombras que le acompañaron. Agreguemos una rara coincidencia: una encuesta que le otorga grandes porcentajes de aceptación a los gobernantes y a sus políticas. Causalidad y casualidad, las simbologías y subjetividades de las encuestas se parecen mucho a simbologías y subjetividades de las religiones: hacer que sus fieles creyentes esperen se les haga el milagro.

Nada augura cambios inmediatos. Con el montaje de la feria del 19 quisieron darle un ámbito festivo a la confirmación del continuismo de su poder y, pese a su ilegalidad, en este momento, no hay modo de pararlo. Pero la oposición, para hacerla bien, no necesita de ningún milagro apadrinado por ninguna encuesta, dado que puede hacer cosas prácticas y sencillas paran obtener resultados, aunque sea a largo plazo: renovar la forma de hacer política y a los partidos políticos que aún sean capaces de cambiar.

No requieren ofrecer proyectos que hablen de hacer milagrosos cambios sociales, sino de comprometerse a rescatar y poner en práctica los preceptos constitucionales ahora burlados; a hacer un gobierno eficiente, comenzando por no robar para hacerse ricos a costa del erario; escoger candidatos a gobernantes que no tengan el complejo de sentirse “bendecidos por Dios y la Virgen” para eternizarse en el poder; ser críticos, participativos y vigilantes del ejercicio del poder para evitarles esa tentación.

Para comenzar, y comprometerse con la renovación, no concurrir a la próxima farsa electoral. Si no, tendremos más carnavales y aún menos democracia.

* Escritor y periodista