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Hace unas semanas fue el turno de América Latina. Ahora ha sido el turno de África de recibir una poderosa muestra de la generosidad china: la oferta de una línea de crédito de US$20,000 millones hasta 2015 sin condiciones.

El ofrecimiento fue hecho por el presidente Hu Jintao durante el reciente V Foro Ministerial China-África, celebrado en Pekín.

El ascenso de China, sustentado en su crecimiento económico extraordinario de más de dos décadas, redimensionó la relación con el continente africano, dejando atrás el énfasis en asuntos ideológicos --propio de la era maoísta de los años 60 y 70-- y concentrándose en el comercio y el desarrollo económico.

Como en el caso de Latinoamérica, garantizar el acceso a las fuentes de energía (sobre todo de petróleo en este caso), asegurar la adquisición de minerales para el desarrollo industrial y abrir mercados para sus productos, son prioridades de la diplomacia pekinesa.

Pero reducir a un puro economicismo las acciones de una potencia ascendente con aspiraciones globales de largo plazo como la República Popular China, RPC, sería una burda simplificación.

Alianzas diplomáticas y la geopolítica tienen también su papel. Los Estados africanos constituyen el bloque regional más numeroso de las Naciones Unidas lo que es clave para neutralizar intentos de Estados Unidos o países occidentales de pasar resoluciones condenatorias en temas de derechos humanos contra China, por ejemplo.

Los 48 aliados diplomáticos chinos son defensores del principio de “una sola China” y un factor clave en el aislamiento de Taiwán.

Habiéndose convertido en el mayor inversionista en el continente africano y apoyando el progreso de naciones hermanas del mundo en desarrollo, la RPC –siendo ella misma el más grande país en desarrollo- logra proyectar una imagen de abanderado de las causas del Tercer Mundo.

Al mismo tiempo, la omnipresencia de sus empresas, inversiones, trabajadores, diplomáticos y de sus productos, y las prácticas laborales y medioambientales de sus compañías, han llevado a sus críticos a calificar su estrategia africana como “un nuevo colonialismo”. Éste, al igual que el de los pérfidos colonialistas europeos de antaño, pretendería aprovechar las riquezas locales.

Pekín rechaza esos argumentos y reitera los principios de respeto mutuo y no injerencia en los asuntos internos --componentes de aquellos famosos “5 Principios de la Coexistencia Pacífica”--, destacando que la ayuda se otorga sin condiciones políticas. Cuando en los años 90 África había caído en el olvido de Occidente, China “redescubrió” el continente y comenzó una sistemática penetración. Hoy, de Argelia a Mozambique empresas chinas exploran y explotan campos petroleros y minas, construyen represas, centrales hidroeléctricas, ferrocarriles, puertos, autopistas, hospitales y hasta nuevas sedes presidenciales o de ministerios de Relaciones Exteriores.

El petróleo de Angola (la economía china es el tercer importador del petróleo angolano), Sudán y Nigeria; el cobre y el cobalto (componente clave de la fabricación de celulares) de la República Democrática del Congo y de Zambia; el polvo de hierro y el platino de Sudáfrica y Zimbabue; las maderas preciosas de Gabón, Camerún y Congo-Brazzaville. He allí el objeto de la voracidad de las empresas del dragón en un continente rico en recursos naturales. La producción agrícola es también de gran interés, dada la abundancia de tierras para el cultivo y la escasez propia en casa (solamente el 7% de su territorio lo constituyen las tierras cultivables).

La RPC ha apoyado a regímenes dictatoriales y que violan los derechos humanos. Es el caso de Sudán, donde las empresas chinas dominan la extracción de petróleo. Apoya al sangriento dictador Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe, el segundo exportador mundial de platino.

En 2006, las compañías de la RPC invirtieron más de US$7 mil millones durante el llamado por Pekín el “Año de África”, y en 2007, más de US$4.5 mil millones en proyectos de infraestructura, de acuerdo a Zhiqun Zhu, profesor de la Bucknell University en EU, autor de China´s New Diplomacy (2010, Ashgate). El comercio entre el continente negro y su socio asiático pasó de apenas US$ 4 mil millones en 1995 a US$ 106.8 mil millones en 2008.

La oferta de créditos por US$ 20 mil millones para los próximos tres años sigue a una oferta de $10,000 millones a América Latina para un fondo de infraestructura. Poderosos motivos económicos y el mantenimiento de alianzas político-diplomáticas Sur-Sur empujan la política de China hacia los dos continentes.

*Graduado del International Master´s Program in Asia-Pacific-Studies, Universidad Nacional Chengchi, Taiwán