•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Con fatídica regularidad, un ciudadano de Estados Unidos se sube a un tejado, o como la semana pasada se disfraza de Joker, el de Batman, para cobrarse en vidas ajenas la frustración inapelable de la propia.

James Holmes tenía que estar desequilibrado, seguro, pero eso no es ni un comienzo de explicación para la matanza de Aurora (Colorado).

Procediendo de dentro afuera, la razón más inmediata que ha hecho posible la locura es la de que casi cualquiera, en casi cualquier Estado del país, puede hacerse con cuarto y mitad de munición para un AK-47, adquirido en su momento probablemente por Internet. Y esa libertad de mercado es, al parecer, ingrediente genuino y constituyente del ADN norteamericano.

Estos asesinos en masa son frecuentemente blancos, de origen anglogermánico y tirando a jóvenes.

F. J. Turner, académico de Harvard, reunió en 1920 un conjunto de ensayos a los que daba título el más radical de todos ellos: La frontera en la historia de América, donde argumentaba el carácter formativo y esencial de esa expansión de la frontera oeste del país que, grosso modo, no cesó de correrse del Atlántico al Pacífico desde el siglo XVIII hasta casi la terminación del XIX. Una expansión en la que la libre posesión de armas de fuego era un derecho prácticamente universal.

El historiador escribió que ese blanco móvil de la frontera constituía “un permanente retorno a condiciones de vida primitivas” y que, a diferencia de lo que ocurría en Europa, donde todo estaba cartografiado, la frontera norteamericana lindaba con lo desconocido y era “punto de unión entre salvajismo y civilización”.

Hay tres inventos de la Revolución Industrial que han sido especialmente preciosos para la mitología literaria y cinematográfica norteamericana. El ferrocarril, el coche y las armas de fuego. El grado máximo de exaltación mítico-política del revólver se encarna en una película que, como el Tenorio, se representa cada año en las teles españolas: Shane -en España, Raíces profundas (George Stevens, 1952)-, en la que el pistolero-héroe Alan Ladd justifica la violencia con la misma convicción con que se recita un versículo de la Biblia: “Un revólver no es bueno ni malo; solo depende de quién lo empuña”.

James Eagan Holmes, de 24 años, en un tiempo el primero de su clase, que dejó la universidad la primavera pasada donde preparaba un doctorado en neurología, no ha asesinado a 12 personas y herido de gravedad a varias docenas porque hubiera una frontera al oeste que permaneciera abierta, según Turner, hasta 1890. Ni porque exista un poderosísimo lobby, la National Rifle Association. Y aún menos, el cine del Oeste que enseña a morir más que a matar. La matanza de Aurora ha sido solo una cuestión de ADN.

* El País