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¿Qué vivencias se habrán dado en el subconsciente colectivo de nuestro pueblo para transformar el referente histórico de un santo de la Iglesia Católica en un mito que celebra la esencia desmesurada del machismo nativo? ¿Cómo se habrá dado esa mutación del inconsciente para convertir a Santo Domingo de Guzmán en “Minguito el huevón”?

“Minguito el huevón”. Festejo del machismo nativo donde se condensan en una mezcla sincrética el culto a la virilidad; la tradición de los montados con su doble simbología de oficio masculino y dominación de clase (recordemos que la estratificación social en la Colonia estaba marcada por una línea divisoria: “los de a pie y los de a caballo”); las reminiscencias de las fiestas orgiásticas indígenas y africanas, con sus atributos de desenfreno en la ingesta alcohólica y la libertad sexual; los bailes en donde el macho torea a la hembra y la hembra se deja torear pero siempre embistiéndolo; la pasión popular por la pólvora y sus estruendos; el relucir de los cuchillos o la descarga artera en una oportunidad para la venganza incubada de un rencor largamente cultivado.

¿Qué hacen allí ese barco y esos negritos? ¿No son acaso el recuerdo del tráfico de esclavos?

La verdad es que “Minguito el huevón” tiene nada o poco que ver con el personaje histórico real. Domingo de Guzmán fue un cortesano de Castilla, taimado e intrigante, que adquirió celebridad y poder por su fanatismo y celo como perseguidor de infieles e inquisidor implacable.

Un héroe de la Iglesia Católica que llegó a los altares por el número de “Autos de Fe” que levantó para cocinar vivos a miles de seres humanos. Para lo cual no se necesitaba tener muchos huevos.

Siempre recuerdo un cuadro de Pedro Berruguete. Berruguete es un pintor español del Renacimiento temprano que tiene una pintura en el Museo del Prado titulada “Auto de Fe, presidido por Santo Domingo de Guzmán”. Berruguete ya revela aquí esa vocación de los grandes de la pintura española, allende sus épocas y estilos, de usar el arte para develar la realidad y no para ocultarla (El Greco, Velázquez, Zurbarán, Goya, Picasso).

La primera vez que vi el cuadro en el Prado me quedé largo tiempo examinándolo, intrigado por encontrarle una asociación con nuestra fiesta religiosa popular.

Allí se retrata al santo presidiendo un Auto de Fe de la Inquisición, encumbrado en una tarima. Rodeado de otros miembros del tribunal, uno de los cuales duerme con la boca abierta (no se oyen los ronquidos, pero evidentemente ronca). Guzmán aparece como un hombre enjuto, pálido y completamente calvo. Rostro mohíno y figura famélica. Enfundado en larga sotana que cubre un cuerpo poco viril. Al lado derecho del cuadro están los condenados, semidesnudos y amarrados. Cercados por sus verdugos, esperando que enciendan las llamas.

Pensar que este personaje con talante de alfeñique que captó Berruguete, siglos después en el Pacífico de Nicaragua, en una zona de cuarterones irreverentes que practica una variante de cristianismo sincrético, se transformaría en “Minguito el huevón”. Un mito que despierta pasiones y moviliza multitudes.

 

* Científico social