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En la edición del 28 de julio de El Nuevo Diario se publicó un extenso artículo de Ernesto Cardenal, titulado “cristianismo y comunismo”. En él, Cardenal, sin la debida formación en teoría económica y en filosófica elemental, expresa confusa y contradictoriamente su ideario político que, por desgracia, a fuerza de igualar vanamente conceptos dispares, distorsiona tanto al cristianismo como al comunismo.

Su estilo, como escritor es, además, desmañado, como el de un artesano apático que no le pone afán a su trabajo.

Conceptualmente, la revelación que aprehende Cardenal de los escritos del jesuita mexicano José Porfirio Miranda, es un absurdo que le lleva a afirmar que Marx y la Biblia no eran contradictorios, a pesar que el marxismo y la religión fuesen incompatibles.

Cardenal, por capricho o inopia intelectual, crea cinco categorías conceptuales: Biblia, equivalente a marxismo y a la voluntad de Dios; y religión, equivalente a ritos. Y primitivamente contrapone la primera equivalencia a la segunda.

Para este contraste entre Dios y religión, Cardenal ofrece una explicación trivial. Según él, Dios (en su concepto, autor de la Biblia e inspirador del marxismo) se opone a la religión, es decir, a lo que él conceptúa como ritos. El culto y la creencia en Dios –para Cardenal- no sería una manifestación religiosa.

Ordenando, por cuenta nuestra, a nivel primario, los conceptos que Cardenal desvirtúa, debemos recalcar que el cristianismo es, por supuesto, una religión (¡), cuya esencia reside en la creencia que hay normas abstractas y eternas (“mandamientos”), definidas por un ente divino, sobrenatural, con un propósito espiritual trascendente a la realidad.

Los ritos cristianos son celebraciones de carácter simbólico, apegados indisolublemente a los mitos religiosos, cuyo contenido fundamental es la creencia en Dios. Filosóficamente, ritos, religión y Dios constituyen una unidad ideológica idealista, un proceso integral unido por la fe, de carácter alienante en la conciencia social; por supuesto, sin vínculo alguno con el marxismo que, en contraste, adopta una metodología científica, es decir, materialista, en el análisis de las transformaciones sociales.

El marxismo –a diferencia de la Biblia que, para Cardenal, expresa la voluntad de Dios- no cree en alguna finalidad trascendente o propósito divino, y registra el devenir histórico como una síntesis dialéctica de las contradicciones materiales implícitas en la esencia de la realidad social.

Para Marx no existe ni la bondad ni la maldad, ni la justicia, como categorías absolutas, mucho menos, emanadas de Dios, sino, que metodológicamente explica cómo una sociedad determinada evoluciona por la lucha de clases, transforma las condiciones de vida por efecto del desarrollo de las fuerzas productivas. Es decir, demuestra que las fuerzas productivas, por medio del trabajo indirecto y la mayor capacidad de producción excedente, inducen a un orden social históricamente más progresivo, en el sentido que durante su fase de ascenso es más humano, más integral, más igualitario, que el orden precedente.

Resulta más que contradictorio que Cardenal sostenga que Dios quiera que en la sociedad se rompan las cadenas de los cautivos, como expresión de justicia terrenal; mientras el resultado de sus deseos –que Cardenal aparenta conocer- lo hacen, filosóficamente, una figura ideológica trágica, impotente, ya que –sin un fin trascendente- el Dios de Cardenal se vería obligado, eternamente, a asumir conscientemente su propio fracaso existencial, desde su perspectiva terrenal. Más en la época de decadencia imperialista, de crisis globales y de guerras mundiales, cuando hay más cautivos, más víctimas, mayor destrucción y muertes, que en todas las etapas precedentes juntas.

“El comunismo -sostiene paradójicamente Cardenal- tiene un origen cristiano”. Para Cardenal, el comunismo es un ideal, una conversión bíblica, subjetiva, y no un sistema de producción. “El mensaje de la Biblia es el comunismo. Para el cristiano el comunismo era obligatorio”, concluye Cardenal.

“La propaganda política –afirma irresponsablemente- presenta al comunismo inseparable del materialismo”. Y agrega, con un sofisma infantil, en el cual asume como falso argumento una trivial definición de comunismo: “¿Cómo va a ser materialista tener las cosas en común?”.

En primer término, tener cosas en común no es comunismo. Así definido, sería simplemente una sociedad en comandita. En segundo término, Cardenal sostiene, contra toda lógica, que el comunismo es inseparable del idealismo. Es decir, que no es un producto histórico, sustentado, como proceso natural, en las relaciones de producción que se derivan de la propiedad de los medios de producción y de su desarrollo. Como proceso ideal, según Cardenal, el comunismo surge por sí mismo, tiene existencia independiente, externa, fuera del mundo objetivo. Así, lo convierte en un mito bíblico. Y a Dios lo convierte, en contraparte, en un ser impotente que, pese a sus deseos, no logra coger, con su mano transparente, las riendas de la historia humana.

 

* Ingeniero eléctrico